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¿Qué hay después de la muerte?


"Ateniéndose a la fe, que cree en la resurrección, y a la razón, limitada al perímetro de los sentidos, la respuesta es sencilla: la muerte es un parpadeo, un abrir y cerrar de ojos..."

Por André Frossard (*)

Ateniéndose a la fe, que cree en la resurrección, y a la razón, limitada al perímetro de los sentidos, la respuesta es sencilla: la muerte es un parpadeo, un abrir y cerrar de ojos.

Los ojos del cuerpo se cierran sobre este mundo y se abren inmediatamente sobre la resurrección; los siglos dejan de tenerse en cuenta, el tiempo desaparece. Eso es lo que puede decir la fe respecto al cuerpo cuando se la mantiene en las fronteras de la observación material, lo que no supone precisamente prestarle un servicio.

Pero, ¿no es más que un cuerpo el ser humano? ¿No es más que un conglomerado de moléculas que un día u otro dispersará el viento? La fe sabe más por la revelación, y también la experiencia mística tiene mucho más que decir.

La fe ha conocido por Cristo que "ni el ojo vio, ni el oído oyó [...] lo que Dios ha preparado para los que le aman"(2). Atenta a todas las palabras del Evangelio, guarda la fe en su corazón una de ellas, de la que no suele sacarse todo el sentido que contiene. Al ser interrogado por los saduceos acerca de la resurrección, en la que no creían, Jesús les dice lo que seremos nosotros cuando todo se cumpla, y añade las siguientes palabras cuyo alcance no siempre se calibra, quizá porque las enuncia como una trivialidad de la Escritura: «Y en cuanto a la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que Dios ha dicho? Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos»(3). Con gran frecuencia se deduce de ahí que Él es el Dios de la vida, no de la muerte y, sin embargó, acaba de descubrirnos como por descuido un-secreto que no tiene precio:

Abraham, Isaac y Jacob permanecen vivos siempre porque, aunque hayan desaparecido hace muchísimo tiempo, esa muerte -que constituye una dura realidad para nosotros- no existe para Dios; todo ser hecho a su imagen lleva un nombre que expresa su persona, y esa imagen es imborrable, un nombre que Dios no olvida jamás; y esa persona, haya vivido un instante o un siglo, ¿cómo no va a seguir viviendo en Él si ha sobrevivido en nuestra miserable memoria?

En cuanto a la experiencia mística, proporciona la certidumbre de que «después de la muerte» está Dios, lo que supondrá, os lo aseguro, una gran sorpresa para muchos. Se darán cuenta, con el mismo asombro que yo experimenté el día de mi conversión -y que todavía me dura-, que «hay otro mundo un universo espiritual hecho de una luz esencial con un brillo prodigioso, de una dulzura conmovedora, y, al mismo tiempo, todo lo que les parecía antes inverosímil les parecerá natural, todo lo que consideraban improbable se habrá convertido en deliciosamente aceptable y todo lo que negaban les será jubilosamente refutado por la evidencia. Descubrirán que eran fundadas todas las esperanzas cristianas, incluso las más. locas, que todavía no lo serán bastante para dar una justa idea de la prodigalidad divina. Comprobarán -como lo hice yo- que no son necesarios los ojos de la carne, que más bien nos impedirían verla, para recibir esa luz espiritual e ilustrativa, y que ella. ilumina una parte de nosotros mismos totalmente independiente de nuestro cuerpo. ¿Cómo puede ser eso? Ya no lo sé, lo ignoro por completo, pero sé que lo que digo es verdad.

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Notas:
1 Mt5,5.
2. 1 Cor 2, 9.
3. Mt 22, 31, 32.

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(*) del libro Preguntas sobre Dios.
Editorial Rialp. Madrid 1991


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El placer de comprar

Autor: Jaime Nubiola (Fuente: www.negocios.com)

El día después del comprador compulsivo es todavía más triste que el día precedente

Al placer de comprar, súmale el de viajar" leía en el reposacabezas del asiento delantero del avión que me llevaba hace unos días de Tucumán, en el norte de Argentina, a Buenos Aires. El avión estaba retenido en el aeropuerto y no estaba claro cuándo podría despegar. La compañía aérea, de capital español, atraviesa por dificultades que repercuten muy negativamente en su gestión diaria y hacen que tomar un avión sea, a menudo, una auténtica aventura. Pero lo que más llamó mi atención del reclamo publicitario de una tarjeta de crédito en el avión argentino no fue la afirmación de que viajar fuera un placer, sino la de que comprar sea una actividad placentera.

De inmediato pensé que habría que dividir el mundo en dos grandes bloques de personas; por una parte, aquellos para los que comprar es un placer y, por otra, aquellos —como es mi caso— para los que el ir de compras es más bien una tortura o al menos un engorroso fastidio. No he hecho una encuesta ni un estudio sociológico al respecto, pero tengo la impresión de que la mayor parte de las mujeres disfrutan yendo de compras, mientras que a muchos hombres nos resulta casi siempre una tarea enojosa y preferimos en muchos casos que nos compren las cosas. Conocí hace años en Cartagena a un veterano almirante que cuando su esposa le proponía hacerse un traje nuevo, enviaba con ella a un brigada de su mismo tamaño para que el sastre le tomara las medidas e hiciese con él todas las pruebas. Sin llegar a este extremo, casi todos los hombres anhelamos muchas veces algo parecido, e incluso a veces lo conseguimos, por ejemplo, a través de la compra online.

Por el contrario, para muchas mujeres ir de compras es una de las actividades más placenteras y reconfortantes que hay. Por supuesto, casi nadie disfruta yendo a un hipermercado abarrotado a hacer las compras para toda la semana: ésa es una tarea estresante, que requiere a menudo de un notable esfuerzo físico y de una prodigiosa matemática natural para ajustar la cesta al dinero disponible. Pero, en cambio, para muchas mujeres salir de compras, solas o acompañadas con alguien de su confianza, viene a ser casi una aventura. "En mi caso —me decía una colega— el placer de comprar se basa sobre todo en la novedad, en el flechazo que un producto me produce; en ese juego de dejarse seducir por las maravillas del producto, de la prenda, etc. Ese abrir una caja de zapatos por primera vez, oler un perfume recién comprado... Me encanta poder comprar sin mirar el precio (un lujo que no me suelo permitir), me chifla ir a por la calidad y saber que puedo y debo escoger lo mejor".

Como en tantos otros campos, esta tradicional diferenciación sexual de la actividad compradora parece estar resquebrajándose hoy en día. Cada vez son más los chicos que, cuando suspenden un examen o tienen un desengaño amoroso, se van a comprar un polo nuevo o una camisa de colores para aliviar su disgusto. Esto antes sólo lo hacían las mujeres, pero se está difundiendo rápidamente entre los más jóvenes. "Compro, luego existo" podría ser el lema que identifica esta actitud de comprar para afirmar la propia identidad y restablecer la autoestima. Esta es la gratificación inmediata de la compra compulsiva. Comprar en circunstancias adversas se convierte en una actividad gratificante porque demuestra ante uno mismo y ante los demás la capacidad de decisión, la independencia y el estilo de una persona que, a pesar de haber tenido un fracaso, sobrevive adquiriendo algo que muy probablemente no necesita para nada.

"Yo soy lo que compro", parecen decir con satisfacción muchos compradores compulsivos. Sin embargo, la contrapartida de esa actitud es que las casas y los armarios se llenan de trastos, de cachivaches inútiles, de ofertas que no necesitábamos, pero que compramos porque estaban muy rebajadas. Una profesora española que vive en Inglaterra me escribía que el regalo que más le había gustado en su cumpleaños era el que le había hecho una amiga suya que consistió en dedicarle el tiempo necesario —unas tres o cuatro horas— para ayudarle a vaciar su armario de ropa y desechar todas las prendas ya inútiles de forma que pudiera comprarse otras nuevas y tuviera lugar donde guardarlas. Decluttering, "desabarrotar", es el nombre de esta nueva actividad y hay incluso páginas en Internet que explican cómo llevarla a cabo.

El día después del comprador compulsivo es todavía más triste que el día precedente, pues comprueba con pesadumbre que ha malbaratado su dinero adquiriendo cosas que realmente le estorban. Viene inevitablemente al recuerdo la patética imagen del protagonista de Ciudadano Kane en su lujosa mansión de Xanadú, inspirada en la figura del magnate de la prensa William Randolph Hearst. En aquel fabuloso palacio, el multimillonario había acumulado tesoros artísticos espléndidos y joyas magníficas, pero muere en penosa soledad encerrado en su enfermizo egoísmo.

No se trata de volver a las formas de vida de nuestros antepasados en los que la escasez era lo habitual y unas pocas prendas servían para toda la vida. El comercio tiene, por supuesto, un formidable valor para la riqueza de nuestra sociedad y el consumo es probablemente el motor principal de ese enriquecimiento. Sin embargo, el consumo tiene que ser razonable y no compulsivo. Quizá podría formularse sintéticamente como "comprar menos, comprar mejor": eliminar las compras inútiles potencia el placer de comprar.

 

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Software de santidad cristiana

Autor: P. Fernando Pascual (Fuente: Catholic.net)

Manuel no lo podía creer: ¡un programa de computación para ser santos!. Además, según decía la presentación, “de modo seguro y con dificultades, en un mes”. Lo normal es que te digan “de modo fácil”, pero lo de las dificultades estimuló a aquel joven de 17 años.

Tomó en seguida aquella caja. Fue a la computadora. Introdujo el cdrom y empezó a correr la presentación. Como saludo inicial, aparecieron un Cristo crucificado, una tumba abierta y una silueta de la Virgen. Sonaban las notas de una música desconocida pero serena, como un Ave María lleno de lirismo.

En la parte superior derecha brillaba de modo intermitente una especie de corona como esa que ponen a los santos en las imágenes. Manuel apretó allí, y apareció una nueva pantalla:

“Es muy fácil ser santo, pero exige mucha voluntad. ¿Te atreves?” El sí y el no se encendieron a los lados.

Manuel apretó el sí. “¿Seguro que tienes voluntad? Este programa no vale para personas inconstantes”.

Con un nuevo sí entró en el siguiente menú: “Condiciones de uso”. El preámbulo era severo:

“Para iniciar el camino hacia la santidad hay que recordar lo que Dios nos pide en los Mandamientos y lo que Jesús nos enseña en el Evangelio, especialmente las bienaventuranzas. ¿Sabes cuáles son los Mandamientos? ¿Conoces las bienaventuranzas?” Al final, una flecha permitía pasar al siguiente menú.

Manuel pudo leer así los diez mandamientos (Deuteronomio 5, 6-21) y las bienaventuranzas (evangelio según san Mateo, capítulo 5). El programa parecía exigente: “Amarás al Señor tu Dios...” Cada mandamiento tenía un tono claro y comprometedor. Luego, las bienaventuranzas: felices los que tienen hambre de la justicia, los mansos, los limpios de corazón, los misericordiosos...

Acabada esta parte del software, apareció un texto:

“Ya conoces el programa de Cristo en sus líneas generales. Te falta por leer todo el Evangelio y el Catecismo de la Iglesia Católica. ¿Te comprometes a hacerlo?” Después de dar el sí, brilló una nueva pregunta: “¿Estás seguro? Te advierto que no es fácil, que tendrás que dejar cosas que te gustan y que muchos empezarán a reírse de ti”. Manuel volvió a apretar el sí.

“Te quedan dos pasos importantes. El primero consiste en vivir muy cerca del Espíritu Santo, dialogar continuamente con Él, tomar todas las decisiones bajo su consejo. ¿Aceptas?” Tras apretar el sí Manuel se encontró con una pantalla imprevista: “¿De verdad sabes quién es el Espíritu Santo? Si no lo sabes, lee el Catecismo” (con un enlace que permitía acceder a una explicación sobre el Espíritu Santo).

Manuel, que había estudiado algo de religión, que había ido a clases muy buenas de catequesis para prepararse a la confirmación, dijo que sí. Entonces el programa le llevó a la última etapa.

“El segundo paso es que tienes que comprometerte a vigilar y rezar. Vigilar para no caer en tentación. Si caes alguna vez, aprieta aquí [y se habría una pantalla en la que se explicaba el sacramento de la confesión]. Luego, rezar, porque sólo Dios es Santo, sólo Dios puede darte la santidad”. [Y aparecía un enlace que llevaba a la explicación de la oración cristiana].

“¿Estás listo para empezar?” Manuel volvió a decir que sí. La penúltima pantalla decía así:

“¡Felicidades por tu valor! Ahora te queda un mes para probar. Si después del mes no consigues ser santo, revisa si has cumplido todas las instrucciones. Si las has llevado a cabo y aún no eres santo, tienes derecho a que te devuelvan el dinero, pero te aseguramos que no habrás perdido tu tiempo...”

Un cuadro en el centro de la parte inferior brillaba con estas palabras: “No olvides que...” Manuel apretó encima y apareció el último menú, con una hermosa imagen de la Virgen:

“Recuerda: la Virgen María es nuestra Madre. No dejes de tratarla con cariño. Ella es la más buena y más santa entre los seres humanos. Ser santos consiste, simplemente, en cogerse de su mano y repetir como Ella, en cada momento, en cada situación: ‘He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’”.

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Convivencia Lekumberri

 

Hace poco he vuelto de una convivencia de un fin de semana en Lekumberri, donde hemos estado varios componentes de +Joven, en una casa de las Clarisas (monjas de clausura).

A sido una experiencia personalmente muy buena, que me ha servido de mucho a la hora de cuestionarme cosas.

Y ahora después de que ha pasado un poco el tiempo, y analizando las cosas que he vivido desde el recuerdo y no tanto desde la efusividad del momento que también es buena, pero que muchas veces nos quedamos ahí y no vamos más allá, veo la importancia que tienen las convivencias en un grupo cristiano.

Primero decir que la convivencia en su significado general, es la base para que todo proyecto de vida funcione, en una familia donde no hay convivencia esa familia no funciona, en un matrimonio donde el marido y la mujer no son capaces de convivir juntos, no hay futuro, en una sociedad donde las personas no son capaces de convivir esa sociedad es un fracaso....

Para mi la convivencia es el poder compartir con otras personas mis alegrías y mis tristezas, la vida cotidiana, el tener una confianza en las otras personas... por medio de la convivencia forjamos nuestros lazos afectivos con las otras personas, y la relación con ellas se va consolidando.

Entrando ya un poco más en el tema de la religión, para que un grupo cristiano funcione (tanto de jóvenes como de mayores, la fe no entiende de edades) tiene que darse varios factores, ¿cuales? Pues la verdad no lo se, cada grupo es un mundo, y depende de las personas que lo integren. Lo que si creo que es importante es el compromiso, y la convivencia.

Un grupo cristiano no solo es un conjunto de personas que se juntan por ejemplo una vez a la semana, para hablar sobre un tema relacionado con la religión, hacer una oración y ya esta.

Para mi es más que eso, es un grupo de personas con las que comparto mis dudas, inquietudes sobre mi fe, mis ideas, rezo por ellas, cuando hablo de +Joven estoy pensando en cada una de ellas, y sinceramente creo que eso no solo se consigue reuniéndose un día a la semana, sino que se consigue a parte de con eso, con poder hacer una convivencia en pascua, en el verano, en navidad,...

Las convivencias son importantes porque te ayudan a apartarte un poco del mundo, de tu cotidianidad, y te dan la oportunidad de poder estar contigo mismo, de hacerte preguntas sobre tu fe que quizás de normal no lo haces, de rezar, de compartir todos eso momentos con las otras personas del grupo, de compartir momentos en la comida, recogiendo.... y tanto las experiencias que vivimos personalmente como en grupo hacen que el grupo vaya creciendo, evolucionando y consolidándose.

Para mi las convivencias son necesarias para la vida de un grupo cristiano, para que funcione, pero tengo claro que para poder sacar jugo a las convivencias tenemos que ir con una actitud de disposición, dispuestos a recibir y a dar lo que podamos, son una oportunidad para la oración.

MARIA.

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Ten Fe

 

 

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Glauco o la cultura de los rumores

Es difícil tener una mirada profunda capaz de descubrir los tesoros escondidos en cada corazón

Glauco, según la versión de una vieja leyenda, fue un pescador que se convirtió en una especie de pez. Con el paso del tiempo se le pegaron numerosas conchas y objetos de todo tipo, de forma que se convirtió en un monstruo marino. Detrás de todas las conchas, detrás de su apariencia desagradable, se escondía una persona, un corazón, una vida humana. Pero no todos eran capaces de darse cuenta.

Nosotros somos como Glauco: con el pasar del tiempo se nos pegan (o nos pegan) muchas cosas. Aparecemos ante los demás como pequeños monstruos, sin que a veces se pueda descubrir ese corazón y esos buenos deseos que hay en lo más profundo de cada uno.

Sabemos, sin embargo, que somos mucho más de lo que los otros puedan decir o pensar. Por desgracia, algunos se dedican a empapelar al prójimo. Con mil dicherías, chismes y calumnias, van escribiendo la vida de los demás. La mayoría de los chismes son simples suposiciones, pero basta con que corran de un sitio para otro, para que así quede fijo un retrato, a veces sin posibilidad de corrección. Si, además, un chisme cae en manos de periodistas sin escrúpulos, se convierte en “noticia” y va de aquí para allá con la velocidad de la luz...

Vivimos en el mundo de los rumores, de las habladurías. En ocasiones un rumor nace de modo inocente, en una pequeña conversación entre amigos. “Se ve que Fulanito llega a veces tarde a su casa”, uno dice. Otro añade: “Tal vez no está muy contento con su esposa”. Un tercero: “Un día lo vi pasar por una calle que tiene fama de malas mujeres”. Pronto se empieza a perfilar una historia de traición y de borracheras, de infidelidades, de prostitución e, incluso, alguno insinúa que la droga está de por medio. Fulanito, que sale por las noches a visitar a su madre enferma, empieza a tener fama de infiel, de borracho y de mujeriego. Poco a poco, con un rumor detrás de otro, un hombre bueno se convierte en un pobre diablo digno de desprecio.

Es verdad que nos gusta entrometernos y conocer la vida de los demás. Pero también es verdad que muchas de nuestras suposiciones tienen un fundamento muy débil; en muchos casos no tienen más fundamento que el de nuestra imaginación creativa o nuestras antipatías más o menos caprichosas. A veces somos capaces de esbozar, con tres detalles insignificantes, incluso con alguna suposición inventada, un retrato completamente falso que es capaz de herir en su honor y buena fama a nuestros conocidos o a algunos personajes públicos.

Otros rumores, por desgracia, son provocados con intenciones muy claras: se trata de destruir a algún enemigo, a alguien que nos resulta antipático o no piensa como querríamos. En una campaña política denigrar a un adversario es hacerle perder votos. En la vida profesional, si quiero ascender y tengo un rival, es fácil llenarlo de fango con pequeños comentarios aquí y allá para que los jefes lo dejen de lado y me permitan ocupar el puesto que anhelo. Un chico enamorado que ve cómo su Eufemia quiere más a otro puede ceder a la tentación de soltar de vez en cuando alguna alusión sobre la mala fama del competidor para ver si así puede llegar a conquistar a quien todavía no le quiere.

Algunas campañas denigratorias están organizadas a nivel nacional o internacional. La historia nos cuenta casos de sistemas políticos que han pagado o amenazado a varios testigos para que acusen a personas inocentes de delitos que nunca cometieron, con el fin de condenarlos o, al menos, destruir su imagen pública. Gracias a Dios, un poco de cultura nos puede defender ante esas calumnias organizadas por potentes grupos económicos o de presión social. Pero, por desgracia, algunos viven bajo la extraña lógica de que toda persona es culpable hasta que no se demuestre lo contrario, cuando el derecho y la honradez nos tienen que llevar a pensar precisamente lo contrario...

No siempre es fácil castigar a los calumniadores. La lengua es un mundo muy pequeño que se mueve con rapidez. Basta una alusión, un susurro, y empieza un chisme a correr de aquí para allá. Internet se ha convertido en un mundo en el que las calumnias aparecen con rapidez, incluso de forma anónima, y muchos quedan enredados en la trampa de un escándalo que enfanga el honor de un buen ciudadano.

Pero la verdad no puede ser destruida ni por millones de palabras de mentira. Glauco sigue siendo hombre aunque esté envuelto en miles de conchas marinas. El calumniador cree destruir a un adversario, cuando lo único que hace es mostrar su bajeza humana y su espíritu mezquino. Haremos bien en no tenerle por amigo: el que hoy destruye a los lejanos cualquier día puede revolver sus palabras envenenadas contra nosotros mismos...

Hace muchos años, el poeta Rubén Darío nos dejó escritos unos versos sobre la calumnia:


Puede una gota de lodo
sobre un diamante caer;
puede también de este modo
su fulgor obscurecer;
pero aunque el diamante todo
se encuentre de fango lleno,
el valor que lo hace bueno
no perderá ni un instante,
y ha de ser siempre diamante
por más que lo manche el cieno.

 

Detrás del fango de los rumores y calumnias hay muchos diamantes que brillan. No todos los descubren. Es fácil pasar de boca en boca una mentira que ensucia la fama de los demás. Es difícil tener una mirada profunda capaz de descubrir los tesoros escondidos en cada corazón. Pero quien tiene un corazón bueno lo consigue, a pesar de las mil mentiras acumuladas a lo largo del tiempo. También si uno aparece como un Glauco, un “monstruo” con un corazón que puede ser bueno.

 

Autor: P. Fernando Pascual | Fuente: Catholic.net

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Tony Meléndez

 

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El protector solar

 

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Jaime Nubiola, "El trabajo de sonreír", La Gaceta de los Negocios, 20.II.06

       ¡Cuánto apreciamos todos, la sonrisa amable de las personas y cuántas veces nos resistimos a sonreír! Resulta un tanto enigmático que gustándonos tanto a todos el que nos atiendan con una sonrisa seamos tan roñosos a veces para sonreír a quienes solicitan nuestra atención. Los medios de comunicación presentan de ordinario rostros violentos, airados o doloridos que nos conmueven, y cuando ponen ante nuestros ojos caras sonrientes tendemos a menudo a considerarlas falsas y forzadas —"de circunstancias", decimos— porque pensamos que con su talante amable buscan el propio interés o simplemente la eficacia. De modo semejante, nos parece increíble que alguien pueda acogernos con una sonrisa afectuosa aun sin conocernos y, sin embargo, todos tenemos la maravillosa experiencia de aquella sonrisa a primera hora de la mañana que logró cambiar nuestro día.

       Es una pena minusvalorar la sonrisa, pues es uno de los rasgos más típicos del ser humano. Ludwig Wittgenstein —para muchos el filósofo más profundo del siglo XX— anotaba incidentalmente en un oscuro pasaje de las Philosophical Investigations que "una boca sonriente sonríe sólo en un rostro humano". Con estas palabras Wittgenstein afirma que para sonreír hace falta un rostro humano que otorgue significado a la sonrisa, pero quizá sugiere también que un rostro es plenamente humano cuando sonríe. Ya los escolásticos medievales advirtieron que la capacidad de sonreír era un accidente propio de los seres humanos, era una propiedad derivada necesariamente de su esencia. Omnis homo risibilis est, decían; todo hombre es capaz de reír. Tomarse el trabajo de sonreír es un modo aparentemente sencillo en el que cada uno puede hacer un poco más humano este mundo nuestro y hacer así también más humana su propia vida.

       Para entender esto un poco mejor viene bien recordar la ontogenia de la sonrisa, su manera originaria de desarrollarse en el niño. Según dicen los expertos en desarrollo infantil, el reflejo espontáneo en el arco bucal del bebé satisfecho induce a la madre a pensar que su hijo le está sonriendo. La madre, emocionada al descubrir aquella aparente sonrisa de su bebé, le premia con achuchones afectuosos. El niño, entusiasmado a su vez ante esas oleadas de ternura efusiva, le corresponde imitando la expresión del rostro materno con una sonrisa cada vez más franca y abierta. Este singular proceso educativo muestra que la sonrisa no es un mero reflejo espontáneo del placer, sino que, sobre todo, es una valiosa conducta comunicativa.

Esta semana pasó a visitarme una doctoranda con su hija Carmen de poco más de un año. Le dimos a la niña un juguete sencillo para que se entretuviera mientras su madre y yo hablábamos de filosofía. En un momento de la conversación en el que nos reíamos abiertamente de una broma filosófica, Carmen se unió entusiasmada a nuestra risa como si hubiera entendido algo. Con aquella risa espontánea nos dio una verdadera lección de filosofía: reír juntos, sonreírnos unos a otros, crea unos formidables espacios de comunicación.

       Sonreír es reconocer al otro como persona: sonrío al bedel al entrar en el edificio en el que trabajo, pero no a la fotocopiadora que está en el pasillo. Hay personas a las que la sonrisa parece serles natural. Me viene a la memoria aquella sonrisa maravillosa de Juan Pablo I que en los breves días de su pontificado llenó de esperanza al mundo. Pero puede leerse en el libro suyo Ilustrísimos Señores, escrito unos pocos años antes: "Desgraciadamente sólo puedo vivir y repartir amor en la calderilla de la vida cotidiana. Jamás he tenido que salir huyendo de alguien que quisiera matarme. Pero sí existe quien pone el televisor demasiado alto, quien hace ruido o simplemente es un maleducado. En cualquiera de esos casos es preciso comprenderlo, mantener la calma y sonreír. En ello consistirá el verdadero amor sin retórica". Todo hace pensar que aquella sonrisa que tan natural parecía era fruto de un prolongado esfuerzo de muchos años. Algo parecido me contaba un colega de su experiencia: "Hay temporadas, días, en que es una heroicidad sonreír por lo menos para mí: días en los que no has dormido, en los que no te encuentras física o psicológicamente bien, que tienes preocupaciones u otras ocupaciones en la cabeza que te impiden ponerla en las personas que tienes a tu lado. Si te lo propones consigues dar el pego: "tú siempre tan sonriente, qué bien te va la vida" te dicen. ¡Y cada sonrisa te cuesta un mundo!".

       La sonrisa es siempre muy agradecida. Como la madre con el bebé lactante, quien sonríe cosecha muchas veces la sonrisa y el afecto de los demás. Es muy conocida aquella afirmación de William James, uno de los fundadores de la psicología contemporánea, de que no lloramos porque estamos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos. Me parece que algo semejante puede decirse de la sonrisa. De hecho, cuando me encuentro con personas que sufren por su aislamiento, por sus dificultades de comunicación con los demás, suelo invitarles a que se empeñen en sonreír a quienes tienen a su alrededor porque —les digo— no sonreímos porque estamos contentos, sino que más bien estamos contentos porque sonreímos. No importa que en un primer momento la sonrisa sea forzada o parezca artificiosa, pues con su repetida práctica va calando por dentro hasta que alegra el corazón.

       Hay quienes piensan que la guerra es el motor de la historia humana, que el conflicto y la confrontación son el motor del progreso social y científico. Lo que Benedicto XVI viene a recordarnos con su encíclica es precisamente que el motor de la historia —si es que la historia tiene motor— es el amor, el diálogo y la comunicación entre las personas y los pueblos. Lo que nos enseña es que cambiaremos el mundo a base de cariño. En este sentido, ponerse a sonreír es comenzar a cambiar el mundo, porque significa poner el amor —y no el egoísmo o el propio interés— en el centro de la vida humana. Por eso para comenzar a cambiar el mundo merece la pena tomarse en serio el trabajo de sonreír.


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¿Qué hizo Jesús por nosotros?

 

 

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LA AMISTAD II

Ana Mª Romero Iribas, "La amistad, un tesoro", Nuestro Tiempo, I.03

 

       La morada del yo

       Llegar a la intimidad del alma, al centro de la persona o sólo rozar su periferia, exige rodeos: rodeos  que son esencialmente contemplación, escucha atenta y activa, mirada abierta y receptiva. Sólo  cuando una persona percibe ese clima de confianza a su alrededor, es capaz de empezar a abrir las  rendijas de su yo. Y a través esas rendijas pueden empezar a filtrarse los rayos de la luz que toda persona esconde. La intimidad, la interioridad es siempre luminosa en el sentido de iluminadora.

       Porque muestra siempre algo desconocido para quien no está allí dentro. No siempre será lo original y  nuevo el qué diga esa persona pero sí el cómo ella lo vive. Esta es la llave que entregamos a  nuestros amigos, y que hace que quedemos totalmente al descubierto: vulnerables, también.

       Algunas veces, tras haber desnudado la intimidad del alma en conversación con la persona que nos ha inspirado esa confianza, uno siente el vértigo del miedo a romperse, a que le rompan, a que se burlen, a que no comprendan, al silencio indiferente o superficial. Hasta ahora, esos pensamientos, deseos, aspiraciones, miedos y preguntas más íntimas habían quedado dentro de nuestra alma. A  veces nos angustiaban, otras nos elevaban, otras nos desbordaban por dentro de tal forma que  había que expresarlos de algún modo (quién no ha cantado, llenado de piruetas su salón, compuesto       una melodía o garrapateado un poema, historia o carta, por puro desbordamiento. Tanto no cabía  dentro; fuera crecía, pero tenía más apoyos para ser sostenido, para ser vivido). Sin embargo, no  dejaban de ser nuestros: los demás sólo poseían de ellos su cara externa, lo que era fruto de la  superabundancia. Por lo demás, no habían sido escuchados por nadie hasta el final y sólo de vez en cuando abríamos a alguien una pequeña ventanita de nuestro interior, observando con atención la  reacción del interlocutor ante aquello.

       Pero, de repente, hemos encontrado alguien que ha provocado que primero quisiéramos abrir una ventanita y después otra, y otra… Luego le hemos pasado al interior de la casa, y —poco a poco—  le hemos encendido todas las luces que había en ella, iluminando incluso rincones sucios,  destartalados, rincones sin ordenar, o habitaciones llenas de trastos que no sabemos en dónde  colocar. Le hemos enseñado el sillón de los sueños, frente a la ventana, y le hemos invitado a sentarse allí porque desde él puede conocerlos mejor. Le hemos presentado el rincón de los miedos,  ese sí está a oscuras porque nos parece que la luz acabará por hacerlos crecer. Es un rincón       siempre difícil de enseñar; se supone que de esos no tenemos, y nos cuidamos mucho de dejarlos   salir. También le hemos pasado al cuarto de las preguntas; esa habitación está llena de frases sueltas, de pensamientos, de párrafos incluso y hasta de alguna página escrita. Pero sobre todo  está lleno de interrogantes; es una habitación poblada de signos de interrogación que hemos ido recogiendo a lo largo de nuestra vida: por qué las relaciones humanas son tan complicadas, por qué  hay personas que no miran hacia adentro, por qué las focas son más importantes que los países del   Sur… Hay también un cuarto sin techo que mira directamente al sol, o al firmamento si es de noche.

       Ese es el cuarto de las aspiraciones grandes, el cuarto en el que respiro hondo, el cuarto al que hay  que acudir siempre que hemos pasado un día entre mucho polvo, o mucho tiempo en el sillón.

       También ha conocido la buhardilla; allí no vamos demasiadas veces porque es donde están los  pedazos rotos de nuestra vida y todavía nos cuesta mirarlos sin sentir dolor o pena.

       Hay personas a las que paseamos por nuestra morada interior sin miedo alguno; es más, deseamos  desde lo más íntimo de nuestro ser hacerlo. Sentimos desde muy hondo que apreciará, entenderá y  comprenderá cada objeto que encuentre en ella. No le importarán los cacharros rotos, aunque  tengamos la estantería llena de ellos; no querrá reírse de nuestras inquietudes: se le iluminará la  mirada al conocerlas porque también ella las había sentido latir más de una vez. Le encantará que  tengamos un sillón de sueños y un cuarto sin techo, y querrá saber qué nos dicen los astros por la       noche y cómo es el vuelo de los pájaros que vemos pasar. Son personas que hacen que sintamos la   necesidad de hacer crecer todo eso, de mostrárselo, de hacerlo vivir para ellas .

       Esas personas son los amigos, el amigo: aquel con quien me atrevo a ser yo misma; sin restricciones  y sin temores. Esa persona con la que puedo decir todo porque todo lo va a entender en su  contexto; esa persona con la que puedo hablar en borrador: sin orden, sin hilazón, sin sentido  algunas veces. Con rabia o ira otras, con desesperación, con alegría exultante, desvariando.

       Descubriendo todas las raíces de mi alma y sabiendo que en ningún momento se aprovechará de ello   para arrancarme de mi lugar. “Y sabiendo que —como escribió alguien— “comprende esas contradicciones en mi naturaleza que llevarían a otros a juzgarme mal”. Eso es un amigo.

 

       Amistad y silencio

       La amistad se nutre más de la comunicación que del silencio. Sin embargo, el silencio es   precisamente en algunos casos el medio de comunicación que utilizan los amigos: es necesario tanto saber estar en silencio como transmitir lo que uno lleva dentro.

       Asistir al desvelamiento de un secreto, al desvelamiento de la intimidad de las personas, produce en el ser humano un enmudecimiento del espíritu, un sentimiento de gratitud por lo que se percibe como  un don o regalo inmerecido, una impresión de estar pisando terreno sagrado. De hecho, todos   podemos remitirnos a alguna ocasión en la que, en conversación íntima con un amigo, al acabar de escuchar, no hemos encontrado palabras adecuadas para decir nada. En esos casos, quizá la prueba  de mayor gratitud o de “correspondencia” sea precisamente el silencio; un silencio, eso sí, cuajado       de respuesta.

       Hay veces en las que no se puede decir nada… porque las palabras lo estropean todo. Hay cosas  que la única contestación que merecen o que exigen es el silencio; hay cosas con las que sólo  puede mantenerse conversación en silencio. Porque o el lenguaje es limitado, o uno es limitado, o  ambas cosas. Pero algunas cosas, si se expresan, se profanan. Así ocurre en las experiencias de  encuentro: con un amigo, con un paisaje, una obra de arte. En esos momentos, pronunciar algo es  mancharlo; hablar es romperlo. Algunas veces la comunicación con las cosas y también con las  personas requiere como condición que haya silencio; solamente silencio. Y no un silencio para llenar,       sino como medio de entendimiento.

       Cuando se tiene la suerte de topar con alguien que tiene algo —poco o mucho— que decir; cuando se tiene la suerte de que esas personas te abran sus puertas y dejan que te asomes y penetres en   su mundo interior, en la mayor parte de los casos sólo se puede contestar enmudeciendo. Y ese silencio quiere ser entonces un homenaje: la mayor muestra de agradecimiento y de admiración.
       Porque no se trata de un silencio vacío sino pletórico de contenido: no significa carencia sino  plenitud.

       El silencio es importante en la amistad. Estar con un amigo es también poder estar en silencio sin  miedo a que éste tenga que romperse y sin sentir la necesidad perentoria de tener que llenarlo con  palabras. No hay verdadera amistad entre dos amigos si no saben disfrutar y valorar su silencio. El  silencio es en sí mismo un espacio y un tiempo para compartir. Rico de contenido y esencialmente  valioso porque supone una íntima comunión de espíritus.

 

       La interioridad

       La amistad está también muy relacionada con la interioridad. Entre dos amigos ésta es más rica y  sólida cuanta mayor sea la intimidad, la interioridad de cada uno de ellos. Hay quienes tienen un gran mundo interior; tienen mucho que decir porque son personas que integran en sí todo lo que hay a su paso: una frase que ha dicho en clase el catedrático, la actitud de tal o cual persona, la satisfacción de haber llegado al pico de la montaña, la crisis que le produce una situación difícil de  trabajo, una novela que ha leído, los tirones de la madurez.

       Así es como las personas se van enriqueciendo por dentro y como su interioridad cobra cada vez mayor volumen: integrando la experiencia, la vivencia personal y las de las otras personas.
       Aprendemos también a través de las vivencias de los demás, de la experiencia ajena. Quien está  atento a su alrededor aprovecha todo intensamente.

       Se puede aprender a sentir de un modo distinto al propio; se puede aprender a pensar de manera diferente a la que uno piensa; se puede aprender a valorar cosas que yo no valoro. Escuchar a las  personas y tratar de ser ellas, nos permite conocer el mundo desde mil perspectivas diferentes a las   nuestras. Y eso conlleva ampliación personal, crecimiento, enriquecimiento, altura, perspectiva y  profundidad. La interioridad rica hace que la relación entre los amigos se amplíe. Una amiga me decía hace poco —hablando de otra persona— la satisfacción que le producía tratar con ella “porque es de       esas personas que tienen algo que aportar”.

       El conocimiento que alimenta la intimidad es —una vez más— el que sabe mirar, sabe escuchar, sabe estar. La sola convivencia con las personas, o el mero estar junto a las cosas o entre las cosas  (junto al mar rodeado de un bellísimo paisaje, o entre las obras magníficas del Louvre) no basta. Más de una vez las ratas habrán correteado por los pasillos del Louvre; sin embargo todavía no hemos   tenido ocasión de encontrarlas embelesadas frente a la Venus de Milo, tras haber pasado frente a  ella toda la noche. Para las personas, las que son capaces de ello, las cosas tienen una historia que                         contar, la naturaleza tiene algo que transmitir y todo lo que encuentran es capaz de darles un mensaje. El hombre con interioridad es capaz de ver sentido a todas las cosas; y en cierto modo de  darles él mismo el sentido puesto que es él quien lo capta, lo descubre y —en ese sentido— lo crea, lo recrea. Por eso, forma parte del “tesoro” de la amistad tener amigos con un gran mundo interior.

       La amistad de las personas es un regalo. El regalo es mayor cuanta mayor sea la interioridad y la  intimidad compartida. Esta debe cuidarse y en ella juega un papel muy importante el saber mirar  porque puede franquearnos el paso al alma del amigo. Una vez dentro, el mundo se abre ante  nosotros de un modo desconocido y luminoso que provoca en nosotros muy diversos sentimientos (admiración, compasión, respeto, etc.), pero siempre el de “desear el bien del amigo, por el amigo  mismo” (Aristóteles).

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LA AMISTAD I

Ana Mª Romero Iribas, "La amistad, un tesoro", Nuestro Tiempo, I.03

       Para Aristóteles la amistad era “lo más necesario para la vida”, y nosotros cuando oímos decir que  “un amigo es un tesoro” o que “donde está tu amigo, está tu tesoro”, nos damos cuenta de que  esas palabras resuenan como un aldabonazo en nuestro interior. No nos dejan indiferentes, porque  todos sabemos o intuimos qué clase de tesoro puede llegar a ser una amistad.

       A las personas nos gusta tener amigos: gente con la que compartir vida, experiencias, tiempo,  conversación… Nos gustan los amigos y nos parecen muy importantes, incluso imprescindibles. La amistad es una relación humana con un valor muy especial. Junto con la familia y el trabajo, es algo  que nos parece que merece la pena y a lo cual dedicamos tiempo y esfuerzo. Queremos tener  amigos en la vida: para no estar solos —a veces se siente la soledad incluso estando rodeados de  gente—, para vivir la vida más a fondo y para disfrutarla de verdad. Como escribió Aristóteles, “sin  amigos nadie querría vivir aun cuando poseyera todos los demás bienes”.

       Quizá por eso escribo esto. Escribir sobre la amistad me ayuda a saber qué espero yo de ella, qué doy yo a mis amigos, si mi amistad con ellos es plena o sólo algo “satisfactorio”. Reflexionar sobre  las cosas ayuda a vivirlas mejor. Reflexionar es un modo de vivir.

 

La amistad como regalo

       Decía más arriba que dedicamos esfuerzo a hacer amigos. Y el esfuerzo es necesario porque las  cosas no salen solas. Sin embargo, la amistad no se puede forzar. Por eso también puede decirse  que la amistad surge siempre como un regalo, como un don que se recibe. En un momento dado,  aparece entre dos personas un deseo de compartir, de comunicarse, de contar lo que se lleva dentro y de contrastarlo, de ser conocido muy a fondo. De hecho, cuando uno vislumbra en el   horizonte la posibilidad de hacer una nueva amistad, de esas profundas y verdaderas, que aportan y   llenan tanto por dentro, parece que su espíritu se hincha y crece. Es como ver nacer un día  radiante. La vida se ve de otro color porque los amigos hacen cobrar sentido a nuestras vivencias: éstas no van a ser sólo para nosotros. Las cosas son distintas porque las vivimos pensando en  compartirlas, en transmitirlas, en discutirlas, en compararlas. De nuestros amigos nos interesa todo:
 lo que piensan, lo que hacen, cómo viven las cosas. Lo importante no es sólo lo que cuentan ni lo  que les pasa; lo importante es que eso “es tuyo”, “eres tú”.

       Desde mi adolescencia he experimentado disgusto ante las cartas meramente descriptivas de los  acontecimientos, o las que eran como una reseña informativa de lo que había ocurrido en el verano.

       Las cartas verdaderas eran aquellas en las que los acontecimientos del lunes o del viernes se  describían como cosas que me pasaban y no sólo como cosas que pasaban a mi lado. Lo interesante  y lo que hacía disfrutar era ver cómo esas cosas se vivían desde dentro de mi amigo. Como si fuera  con él en un submarino: en el suyo. ¡Y qué deseos tan enormes se sentían de entrar en el  submarino! ¡Qué maravilloso era todo desde allí dentro! Aunque no siempre fueran cosas bonitas las  que se veían, se veían desde la casa de tu amigo, y estar en el interior de la casa, contemplar el mundo desde allí, era un privilegio. El grado de amistad con los amigos podía distinguirse   precisamente por eso. Por si las cartas estaban llenas de preguntas convencionales y frases que se  repetían del mismo modo en todas las demás cartas o si en ellas te dejabas llevar, trayendo a colación esto o aquello, y acabando en lugares desconocidos para ti misma, pero bonitos y en los   que habías disfrutado. Escribir para los amigos era descubrir el mundo con unos ojos nuevos para dárselo a ellos.

       La amistad es un regalo porque es vivir otra vida además de la propia. Es poder vivir dos veces. Y es también reafirmar tu propia existencia porque hay alguien que la quiere así: incondicionalmente. En el  amigo encontramos aceptación plena. La amistad es don porque, en cierto modo, llega cuando y  como quiere; no es programable; simplemente, surge y es como un regalo, un don que uno recibe.

       Esa comunión del espíritu que hay entre los amigos, ese compartir denso e intenso, ese vivir y ser  sin dar explicaciones porque éstas no son necesarias para nuestro mutuo entendimiento, ese  encontrar las puertas del alma siempre abiertas y acogedoras para ti porque eres tú, es el tesoro  incalculable. No es extraño que los griegos la calificaran como regalo de los dioses.

       Regalo es también en el sentido de que nunca es verdaderamente merecida. Si se puede hablar así,  algunos podrían merecer más que otros el tener amigos. Pero en el fondo, la amistad de una persona difícilmente es algo que uno llegue a “merecer”. Se pueden tener de modo habitual disposiciones  personales adecuadas para la amistad, para tener amigos (no todo el mundo las tiene). Pero no se  puede decidir en qué momento aparecerá el amigo o de quién seré amigo. Por ejemplo, todos  contamos con momentos imborrables de la vida en los que comprendes repentinamente que tienes delante a alguien que puede leer dentro de ti como si fueras tú quien lo hicieras; que puede pasearse por tu alma sin explicaciones de tu parte; sin necesidad de mapas, brújulas o palabras  clave que le hagan entender lo que se va a encontrar. Es la empatía, una sintonía especialísima que  se establece con muy pocas personas a lo largo de la existencia, y que es un descenso y un  ascenso vertiginoso por las entrañas de la verdadera vida.

 

Mirar a las personas

       Cuando nos sentimos así, vistos con unos ojos ajenos que al mismo tiempo son como los nuestros  propios, es como si todo nuestro ser despertara. Querríamos saberlo todo acerca de aquella persona  y que ella conociera nuestro yo hasta el final. Las conversaciones se convierten en un continuo  maravillarse y mutuo aportarse. Sentimos el mundo como un pequeño globo terráqueo que gira entre  nuestras manos y el motor de ese movimiento es la corriente que entre nosotros se ha creado. Es  un encuentro con otro yo, sin que ese yo se refiera a un yo idéntico, a un “alma gemela”; pues puede serlo o no. Es otro yo porque se pone en nuestra piel como si fuéramos nosotros mismos;pero al tiempo que mantiene su mismidad y su alteridad. Y por eso, hay mucha riqueza en el trato  con el amigo, porque lo distinto siempre nos enriquece.

       Mirarnos en un amigo es mirarnos en un espejo. En un espejo que devuelve algo más que una simple  reproducción de la propia imagen. Mirarnos en un amigo es encontrarnos a nosotros mismos vistos desde fuera y con mayor perspectiva, pero con el cuidado con que nosotros mismos pondríamos al  mirarnos: “a través de él, los amigos se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se  podría decir que, al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse” (Marías). La acción de mirar que tanto aparece entre los amigos, es algo que me parece esencial para que pueda surgir amistad entre dos personas: para tener amigos hay que saber mirar.

        En una carta que recibí hace unos meses me decía una amiga que “había encontrado el camino para   trascender lo inmediato. El despertador para mirar (…) era el del pensamiento filosófico y la  contemplación de las cosas bellas”. En mi respuesta, le reafirmé en su descubrimiento porque me  parecía realmente valioso: la filosofía y la contemplación estética son dos medios muy buenos para  acceder a lo más hondo de la realidad.

       La belleza es un camino hacia la verdad especialmente bueno. Porque la belleza no produce  únicamente la mera delectación estética; posee una cualidad inestimable, y es que exige  contemplación por nuestra parte. Ante las cosas bellas no basta pasear la vista. Para disfrutarlas  verdaderamente hay que mirarlas con detenimiento , con miramiento. Con ellas, hay que andarse  con contemplaciones. Y contemplar es importante porque hace que nos detengamos y miremos las  cosas tal como son, “dejando” que sean así.

       La contemplación es un camino abierto hacia la verdad. Hacia la verdad personal, la de los demás y  la del universo entero. Eso lo expresa muy bien de otro modo Lorenzo Silva en una de sus novelas.Escribía que “el mundo está lleno de tesoros sin descubrir porque no hay quien se pare a mirarlos.Pero en cuanto hay alguien que se detiene ante ellos, se abren ante esa persona como una  maravillosa realidad llena de riqueza y significado ofreciéndole nuevos horizontes”. Yo he pensado  muchas veces que eso exactamente pasa con las personas.

       Por eso, para tener amigos hay que saber mirar. Mirar es ver con atención, es contemplar, es  concentrar nuestro ser entero en los ojos deseando captar lo que hay frente a ellos. Mirar  presupone una vista limpia, sin prejuicios ni cargas anteriores, para captar lo que hay y no lo que yo  he puesto o quiero poner. Mirar no es ver lo que yo quiero ver sino percibir cómo son las cosas o las  personas en sí. Y además de limpieza interior, la mirada requiere también aceptación, renuncia a  dominar. Cuando miramos de verdad, estamos dispuestos a dejar ser a las cosas y a las personas tal  y como son. Esto es especialmente importante con las personas. A las personas hay que dejarlas ser, hay que aceptarlas como son. Sin esa condición nunca sabremos lo que es una verdadera  amistad; nunca llegaremos a saborear el gozo inmenso que produce esa identificación con el otro,  ese compartir la vida, los sueños, los deseos, los fracasos. Habrá siempre en el amigo una zona de  acceso prohibido o de “reservado”.

       Para mirar de verdad hay que aprender a hacerlo. Los hay que conocen ese arte de modo natural o  han sido educados en él. Pero también puede aprenderse. Para mirar hay que pararse, parar la rueda   de la actividad exterior y parar también nuestro ruido interior (qué tengo que hacer luego, cómo  resolveré la cena en casa de mi hermano, qué ropa necesito, a ver cómo queda el Madrid, a ver si consigo cerrar un buen trato con este cliente…) Para mirar hay que perder el miedo a “pasar tiempo” sin haber sido “eficaces”.

       Todos hemos conocido personas que provocan que los que están a su lado den lo mejor de sí  mismos. Son personas que logran que los demás quieran —parafraseando a Salinas— “sacar de sí su   mejor yo”. Es así porque son personas que saben mirar y que por eso han sabido encontrar la llave  interior de las personas. Esa llave de la confianza que uno entrega sólo cuando va a saberse visto,  aceptado y querido por sí mismo.

(continuará en La amistad II)

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Marcianitos

Este gracioso vídeo de marcianitos nos hace reflexionar sobre cómo ser mejores y nos anima a luchar en la vida.

 

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Aborto: nuestro drama moral

Videoclip pro-vida que nos hace pensar en el drama moral y social que tiene el aborto en nuestro país.

 

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Dios, carta de amor del padre

Video que nos invita a reflexionar sobre los regalos de Dios, y su presencia en nuestras vidas.

 

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Qué significa ser pobre

Power point que nos hace ver el verdadero significado de la pobreza. Pulsa aquí para descargártelo.

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El Roble del pueblo

Nuestro cuerpo siempre nos da el primer aviso. Hemos llegado al límite. La presión, el cansancio, el estado de ánimo, la confusión, el agotamiento y la falta de claridad indican que se están agotando todas nuestras fuerzas. Es tiempo de actuar. Llegó el momento que decidimos dar un ataque frontal contra todos los asuntos que nos abruman. Tenemos la esperanza de triunfar, de terminar de una vez por todas con todos los problemas que nos agobian. No debemos engañarnos, el objetivo de terminar de un solo golpe con nuestras preocupaciones es difícil de lograr.

En la plaza central del pueblo debían quitar un gran roble, el enorme árbol, que con el paso de los años se había convertido en un símbolo del lugar. Hasta en el escudo del pueblo se dibujaba su silueta. El roble se había enfermado de un extraño virus. Corría el riesgo de caerse y de contagiar a los árboles más cercanos. Ya se había hecho todo lo posible por salvarlo y la triste determinación de derribarlo provocaba en los vecinos una profunda sensación de impotencia.

No es fácil determinar la causa de un problema y no es el camino más agradable tomar la decisión de solucionarlo.

Los leñadores llegaron una mañana con sierras automática y hachas. Los vecinos se reunieron en la plaza para presenciar su caída. Esperaban oír el estrépito producido por el choque del inmenso árbol contra el suelo. Suponían que los hombres empezarían a cortarlo por el tronco principal en un lugar lo más pegado a la tierra. Pero en vez de ésto los hombres colocaron escaleras y comenzaron a podar las ramas más altas.

En ese orden de arriba hacia abajo cortan desde las más pequeñas hasta las más grandes. Así cuando
terminaron con la copa del árbol, sólo quedaba el tronco central, y en poco tiempo más aquel poderoso roble yacía cuidadosamente cortado en el suelo.

El sol, ahora cubría el centro del parque, su sombra ya no existía , era como si no hubiera tardado medio siglo en crecer, como si nunca hubiera estado allí. Los vecinos preguntaron por qué los hombres se habían tomado tanto tiempo y trabajo para derribarlo. El más experimentado leñador explicó: cortando el árbol cerca del suelo, antes de quitar las ramas, se vuelve incontrolable y en su caída, pueden quebrar los árboles más cercanos o producir otros destrozos. Es más fácil manejar un árbol cuando más pequeño se le hace.

El inmenso árbol de la preocupación, que tantos años ha crecido en cada uno de nosotros, puede manejarse mejor si se lo hace lo mas pequeño posible. Para lograrlo, es aconsejable podar en principio, los pequeños obstáculos que nos impiden el disfrutar de cada día y así ir quitando el temor de que en el intento de librarnos de éstos y mejorar, todo se derrumbe.

En ese orden, quitando del comienzo los pequeños problemas podemos, gradualmente ir llegando al tronco principal de nuestras preocupaciones. Para cambiar hay que realizar una tarea a la vez, quitar las ramas de la preocupación de una en una, ocuparnos y no preocuparnos. Tal como indica la palabra. Reconocer nuestros errores y tener el valor para enfrentarlos, establecer las prioridades y los objetivos en la vida y mantener una verdadera determinación para librarnos poco a poco de todo
el peso que nos impide trabajar, crecer, disfrutar y vivir, transformando nuestras ansiedades, miedos y preocupaciones en coraje, esperanza y fe.

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Flipsyde - Happy Birthday

Videoclip que se posiciona en contra del aborto. Para ello muestran un montón de niños que no hubieran llegado a existir si su madre hubiera abortado.

 

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Sólo le pido a Dios

Videoclip de "Sólo le pido a Dios" versionada al Inglés, en el que se muestra el valor de la amistad.

 

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¿Te pondrías de pies?

Una historia verídica que sucedió en California en la Universidad de Carolina del Sur......
Había un profesor de Filosofía que era un ateo profundamente comprometido, su principal meta cada semestre era probar que Dios no podía existir.
Sus estudiantes siempre tuvieron miedo de discutir con él por su lógica impecable. Durante 20 años, siempre pensó que nadie en su clase y fuera de ella tenía el valor de ir en su contra.

Claro, algunos habían discutido en clase alguna vez, pero nunca realmente en su contra, y no lo hacían porque él tenia una gran reputación.

Al final de cada semestre, en el ultimo día, él pediría a su clase de 300 estudiantes: "Si hay alguien que todavía cree en Jesús, póngase de pie!".

En 20 años, nunca nadie lo hizo. Ellos sabían; lo que venia después, él diría: "Porque todo aquel que cree en Dios es un tonto. Si Dios existiera, él lo demostraría impidiendo que este pedazo de tiza se rompiera al golpear el piso, sería tan sencillo para Él, probar que es Dios, y aun así no puede hacerlo".

Y así, cada año azotaba un pedazo de tiza en el suelo para que se rompiera en pedazos. Los estudiantes no podían hacer más que mirar.
 
La mayoría de los estudiantes terminaban convencidos de que Dios no existe.

Ciertamente, uno que otro creyente se había colado, pero por 20 años habían tenido miedo de ponerse de pie.

Pues bien, hace unos años, un joven que había oído historias sobre este maestro, se inscribió en esta clase pues sin el no podría terminar su carrera, tenía miedo.

Durante los primeros 3 meses de aquel semestre, él oraba todos los días por tener el valor de ponerse de pie, sin importar lo que dijera el maestro, o que pensaran sus compañeros de clase. Nada de lo que dijeran quebrantaría su fe.
Finalmente llego el día. El profesor dijo: " Si hay alguien que todavía  cree en Dios, que se ponga de pie!". El profesor y la clase de 300 alumnos lo miraron fijamente, en shock, al momento que se ponía de pie en el fondo del salón. El profesor gritó: "TONTO! Si Dios existiera él lo probaría evitando que este pedazo de tiza se rompa al golpear el piso!".

Acto seguido arrojo la tiza, pero al momento que lo hizo la tiza se resbalo de sus dedos y fue resbalando por su manga, por los pliegues de su pantalón y por su zapato hasta que, intacto, rodó por el suelo.

El profesor quedó con la boca abierta observando la tiza y después levantó su mirada al joven que estaba de pie y salió corriendo del salón.

El joven entonces paso al frente del salón y habló de su fe en Jesús por la siguiente media hora. Los 300 estudiantes escucharon como hablaba del amor de Dios hacia ellos y de su poder.

A veces lo único que necesitamos hacer es PONERNOS DE PIE.

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Aprenderás

Después de algún tiempo aprenderás la diferencia entre dar la mano y socorrer un alma, y aprenderás que amar no significa apoyarse, y que compañía no siempre significa seguridad.

Comenzarás a aprender que los besos no son contratos, ni regalos, promesas… comenzarás a aceptar tus derrotas con la cabeza erguida y la mirada al frente, con la gracia de un niño y no con la tristeza de un adulto y aprenderás a construir hoy todos tus caminos, porque el terreno de mañana es incierto para los proyectos y el futuro tiene la costumbre de caer en el vacío.

Después de un tiempo aprenderás que el sol quema si te expones demasiado… aceptarás incluso que las personas buenas podrían herirte alguna vez y necesitarás perdonarlas… aprenderás que hablar puede aliviar los dolores del alma… descubrirás que lleva años construir confianza y apenas unos segundos destruirla y que tu también podrás hacer cosas de las que te arrepentirás el resto de tu vida.

Aprenderás que las nuevas amistades continúan creciendo a pesar de la distancias, y que no importa que es lo que tienes, sino a quien tienes en la vida, y que los buenos amigos son la familia que nos permitimos elegir.

Aprenderás que no tenemos que cambiar de amigos, si estamos dispuestos a aceptar que los amigos cambian. Te darás cuenta que puedes pasar buenos momentos con tu mejor amigo haciendo cualquier cosa o simplemente nada, solo por el placer de disfrutar de su compañía.

Descubrirás que muchas veces tomas a la ligera a las personas que más te importan y por eso siempre debemos decir a esas personas que las amamos, porque nunca estaremos seguros de cuando será la ultima vez que las veamos.

Aprenderás que las circunstancias y el ambiente que nos rodea tiene la influencia sobre nosotros, pero nosotros somos los únicos responsables de lo que hacemos.

Comenzarás a aprender que no nos debemos comparar con los demás, salvo cuando queremos imitarlos para mejorar.

Descubrirás que se lleva mucho tiempo para llegar a ser la persona que quieres ser, y que el tiempo es corto. Aprenderás que no importa a donde llegaste, sino a donde te diriges y si no lo sabes cualquier lugar sirve…

Aprenderás que si no controlas tus actos ellos te controlarán y que ser flexible no significa ser débil o no tener personalidad, porque no importa cuan delicada y frágil sea una situación: siempre existen dos lados.

Aprenderás que héroes son las personas que hicieron lo que era necesario, enfrentando las consecuencias…

Aprenderás que la paciencia requiere mucha practica. Descubrirás que algunas veces, la persona que esperas que te patee cuando te caes, tal vez sea una de las pocas que te ayuden a levantarte.

Madurar tiene mas que ver con lo que has aprendido de las experiencias, que con los años vividos.

Aprenderás que hay mucho mas de tus padres en ti de lo que supones.

Aprenderás que nunca se debe decir a un niño que sus sueños son tonterías, porque pocas cosas son tan humillantes y sería una tragedia si lo creyese porque estarás quitando la esperanza.

Aprenderás que cuando sientes rabia, tienes derecho a tenerla, pero eso no te da derecho a ser cruel. Descubrirás que solo porque alguien no te ama de la forma que quieres, no significa que no te ame con todo lo que puede, porque hay personas que nos aman, pero que no saben como demostrarlo…

No siempre es suficiente ser perdonado por alguien, algunas veces tendrás que aprender a perdonarte a ti mismo.

Aprenderás que con la misma severidad con la que juzgas, también serás juzgado y en algún momento condenado. Aprenderás que no importa en cuantos pedazos tu corazón se partió, el mundo no se detiene para que lo arregles.

Aprenderás que el tiempo no es algo que pueda volver hacia atrás, por lo tanto, debes cultivar tu propio jardín y decorar tu alma, en vez de esperar que alguien te traiga flores.

Entonces y solo entonces sabrás realmente lo que puedes soportar; que eres fuerte y que podrás ir mucho más lejos de lo que pensabas cuando creías que no se podía mas.

Es que realmente la vida vale cuando tienes el valor de enfrentarla!!!

William Shakespeare

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Anuncio AFANOC

Un anuncio de AFANOC (asociación de niños con cáncer) cargado de emotividad y sentimientos nos hace ver el amor sincero entre hermanos.

 

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