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PELÍCULAS

 


MATAHARIS

 

 

Enrique Chuvieco

de paginasdigital.es

El "glamour" de los espías se evapora en las primeras imágenes de Mataharis, la última película de Icíar Bollaín, porque la vida es mucho más prosaica para las tres detectives que intentan conciliar su vida familiar con investigar la vida de los demás por encargo.

Tampoco piensen que es un filme de pasatiempo –Bollaín se pringa con sus personajes-, porque en Mataharis fluye la vida como en un torrente, donde las protagonistas se implican a fondo con lo que tienen delante. No hay, por tanto, concesiones a la distracción, pues viven y, por consiguiente, sufren, son frágiles y toman decisiones que nunca están exentas de dramatismo. Nuestras tres protagonistas son detectives vocacionales que investigan vidas privadas al tiempo que nos muestran las suyas.

Bollaín, coautora también del guión, saca partido a las tres actrices (María Vázquez, Nuria González y Najwa Nimri), donde sobresale el magnífico trabajo de esta última. El ritmo se fundamenta en un montaje sólido, descriptivo y directo, basado en mezclar planos generales, medios, travelling, siempre de corta duración, que denotan el oficio de Bollaín.

Alejado de la ideología habitual del cine español, en la que podía haber caído por uno de los encargos que recibe uno de los personajes, el trabajo de la directora evidencia su compromiso con la realidad que encara. Esto es, aborda las vidas de las tres detectives sin atajos ni escapismos.

La incomunicación en las relaciones de pareja, las dificultades para construir en común o pedir perdón si no existe la apertura personal y la acogida del otro, donde el éxito no está asegurado, hacen de Mataharis una creación indispensable para comprendernos mejor.

Es de agradecer este ejercicio de honestidad y espero que Bollaín siga haciendo cine desde el deseo de su corazón, que ansía el sentido y la plenitud, como el mío. Iciar, me percibo compañero tuyo en este camino; cuenta conmigo.

 

 

 


EL ÚLTIMO TREN A AUSCHWITZ

 

 

Juan Orellana

Hastío y saturación.

Se estrena el film alemán El último tren a Auschwitz, de los directores Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová. Del primero nos impresionó hace muchos años Stalingrado. Pero de eso han pasado ya muchos años, dieciséis. Spielberg puso el broche de oro a las aproximaciones históricas al holocausto con La lista de Schlinder, Polanski hizo lo propio con un drama individual, El pianista, y Benigni realizó un acercamiento poético al genocidio con La vida es bella. Y ya basta.

Era necesario, al acabar la Guerra, que el mundo supiera a través del cine los sufrimientos del pueblo judío; era justo que el séptimo arte introdujera en las conciencias del universo mundo el testimonio de aquella ignominia. Y así se hizo y así se ha hecho hasta la saciedad. Se ha pagado con creces esa deuda moral. Pero ya es suficiente.

Ya basta porque se corre el riesgo de que ese drama deje de conmover, empiece a aburrir, a sonar a falso, a estereotipo, o peor, a marca comercial. Y todo esto lo consigue con largueza El último tren a Auschwitz. Todo en el film es de diseño, todo huele a guión didactista y tópico. El nazi psicópata, frente al oficial de la Wehrmacht de corazón más humanitario; el rabino que reza cada día, el valiente y el timorato, las camisetas sucias, el maquillaje de desnutrición, las humillaciones de siempre... nada, absolutamente nada es original; todo, absolutamente todo, está visto hasta la saciedad. Y encima, el morbo insoportable de meter en el film unos bebés que van agonizando durante todo el metraje para morir.

Todo en la película es irritante; pero nada conmueve, suena a cantinela. Y la estructura narrativa, con esos pueriles flashbacks, está más cerca de Aeropuerto 77 que de un drama histórico trágico y serio como el que pretende reflejar el film alemán. Desgraciadamente la historia humana es un pozo sin fondo de injusticias y tragedias morales. Además del holocausto hay otras cosas. Seguro. Y esta insistencia perjudica a la memoria histórica del pueblo judío. También estoy seguro.