Entrevista a Bill Dembski, el principal teórico del "Diseño Inteligente". Nos dará algunas respuestas que muchos buscan por el momento en el que nos toca vivir: estamos ante un debate fundamental que ha alterado las respuestas del mundo moderno a dos grandes cuestiones: ¿Quién hizo esto? ¿Cómo es que estamos aquí? Esperamos que te guste.
Atapuerca: Ciencia y fe en Dios
Los mitos de una ciencia materialista
Sobre la teoría de la evolución
¿Científicos creyentes?
¿Puede la ciencia controlarse a sí misma?
¿La ciencia puede ser una religión?
La autonomía de la ciencia
Ciencia y religión, el eterno debate
Científicos creyentes de la actualidad
Los científicos clásicos eran creyentes
El cristianismo como base fundamental del desarrollo de la Ciencia (1)
El cristianismo como base fundamental del desarrollo de la Ciencia (2)
Evolucionismo y religión
Entrevista a Bill Dembski, el principal teórico del "Diseño Inteligente".
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Entrevista exclusiva de Elmanifiesto.com: Bill Dembski, el principal teórico del "Diseño Inteligente", que desde el mundo de la ciencia ha ofrecido una alternativa al materialismo de las teorías neodarwinistas. Aunque en España nadie habla de estas cosas –por qué será-, estamos ante un debate fundamental que ha alterado las respuestas del mundo moderno a dos grandes cuestiones: ¿Quién hizo esto? ¿Cómo es que estamos aquí? La entrevista que presentamos fue realizada en junio pasado por Eduardo Arroyo, colaborador de elmanifiesto.com y por Mario A. López, presidente de Ciencia Alternativa (www.ciencia-alternativa.org).
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E.A.: En pocas palabras, ¿qué dirías si tuvieras que explicar lo que es la inferencia de diseño a alguien muy torpe?
W. D.: La inferencia de diseño dice esencialmente que algunas coincidencias son demasiado poco probables como para atribuirlas al azar y por tanto deben atribuirse a una inteligencia diseñadora. Un ejemplo que empleo a menudo es el de la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Si se detecta una señal de radio del espacio exterior que proporciona una lista de números primos (números divisibles tan solo por sí mismos y por la unidad), podría ser naturalmente atribuida al diseño. ¿Por qué? Por dos razones: es compleja y por tanto no es fácilmente reproducible por azar; y corresponde además a un patrón identificable e independiente (en este caso un patrón tomado de las matemáticas). La inferencia de diseño explota esta coincidencia entre patrones independientes identificables y un suceso altamente improbable de otras maneras.
E. A.: Creyentes de la "tierra nueva", creacionistas, diseño inteligente… ¿Es todo esto lo mismo? ¿Por qué no?
W. D.: El creacionismo es una doctrina religiosa acerca de un Dios creador que crea el mundo de la nada. Normalmente es también una doctrina acerca de la relación entre la ciencia y la religión, que afirma que una ciencia correcta debe armonizarse con una lectura particular de los primeros capítulos del Génesis. El creacionismo, por lo tanto, tiende a poner en consonancia religión y ciencia. El DI, por el contrario, busca señales de diseño en el mundo natural y, como tal, no se preocupa de la naturaleza última de la inteligencia. Muestra que existe una inteligencia detrás del mundo, pero no intenta conectar esa inteligencia con una doctrina religiosa en particular. Por esta razón, mis ideas han sido calurosamente recibidas por cristianos, judíos, musulmanes, hindúes, budistas, etc.
E. A.: ¿Cual es la relación, si es que existe, entre la religión y el DI?
W. D.: El DI no es una doctrina religiosa pero señala a una inteligencia detrás del mundo. De este modo, es propicio a la religión en un modo en el que no lo es la teoría evolutiva, que siempre ha descansado en la idea de que las fuerzas naturales sin dirección comprensible pueden llevar a cabo todo lo creado. El DI muestra que la naturaleza, cuando se comprende en términos materialistas (es decir, como materia y energía gobernada por leyes inquebrantables de interacción) es fundamentalmente incompleta. Considero que el diseño inteligente está haciendo por la ciencia lo que la prueba de incompletitud de Goedel hizo por las matemáticas, es decir, demostrar que ni la naturaleza ni la realidad matemática es completa en sus propios términos.
E. A.: ¿Por qué cree que el DI ha despertado esos ataques vitriólicos, principalmente por parte de académicos que se supone deberían ser más mesurados en sus opiniones?
W. D.: El diseño inteligente amenaza no solo una de sus más queridas teorías científicas (el darwinismo) sino toda su visión del mundo materialista, que considera la ciencia como una justificación de la comprensión atea del mundo. Además, al reintroducir la teleología en la ciencia, el diseño inteligente amenaza con deshacer la comprensión mecanicista y reduccionista de la naturaleza que muchos científicos creen que es la única manera de hacer ciencia. Aunque la comprensión mecanicista de la ciencia pudo ser adecuada en los días de Newton, no lo es en la era de la información, en la cual la inteligencia es, en última instancia, la única fuente conocida de información.
E. A.: En Europa Occidental, el último libro de Richard Dawkins –La decepción de Dios- ha sido ampliamente alabado por la crítica. Mucha gente aquí cree que este libro es la respuesta de la izquierda europea al "creacionismo" del "fundamentalismo cristiano" en los EEUU. ¿Conoces las principales ideas del libro y qué tiene que decir el movimiento por el DI acerca de ellas?
W. D.: Dawkins es un materialista científico que busca que la ciencia se adapte a su ateísmo materialista. Sin embargo, el hecho es que la presente evidencia científica señala de manera creciente a una inteligencia diseñadora tras el mundo. Esto puede verse en el trabajo más reciente de Dawkins, que carece de ciencia efectiva pero abunda en invocaciones rituales a la ciencia como denuncia de la religión. Si Dawkins no se viera amenazado por el DI, dudo que fuera tan agresivo en su promoción del ateísmo.
M. L.: En medio de todas estas críticas y de la animosidad, vertidas por escrito contra su trabajo, ¿qué es lo que te empuja a continuar este ambicioso programa de investigación?
W. D.: El trabajo en sí es inmensamente satisfactorio e intelectualmente estimulante. Además, considero que los que buscan acallarlo son dogmáticos intolerantes encapsulados dentro de una tiranía que desprecio. En consecuencia me considero tanto como un científico investigador como un combatiente por la libertad, una rara combinación.
E. A.: El movimiento por el DI ha sido duramente atacado por académicos y periodistas. ¿Crees que sus críticas te han ayudado a mejorar tus propios puntos de vista o piensas que estos ataques son sólo puro fanatismo? ¿Hay alguna crítica constructiva realizada por algún enemigo del DI?
W. D.: Parte de esas críticas son mezquinas y muestran una enorme ignorancia del trabajo de la comunidad del DI. Pero otras críticas han mostrado su valor. En relación a mi propio trabajo, gente como Jeffrey Shallit, Wesley Elsberry y Ken Miller han argumentado que no puede inferirse diseño en los sistemas biológicos porque esos sistemas que mis colegas y yo atribuimos al diseño pueden ser en realidad explicados por procesos evolutivos darwinistas. Al plantear sus refutaciones, me han obligado a examinar más de cerca el poder de los procesos evolutivos, de ahí mi trabajo en la informática evolutiva. Al profundizar en sus afirmaciones, me encuentro con que los procesos evolutivos sin guía no tienen el poder creativo que mis críticos les confieren y que, de hecho, siempre requieren tanta información como proporcionan. No siempre me gusta el espíritu de mis críticos, que no solo consiste en refutar mis ideas sino en desacreditar mi legitimidad como especialista. Pero las críticas en sí han sido muy útiles para motivar, clarificar y extender mis ideas.
M. L.: Tus críticos (Wein, Perakh, Shallit, Elsberry, Wolpert y otros) no parecen satisfechos con su trabajo. Te acusan de ser en cierto modo esotérico y carente de rigor intelectual. ¿Qué tienes que decir de esta acusación?
W. D.: La mayoría de estos críticos responden a mi libro No free lunch. Como expliqué en el prefacio de este libro, el objeto es proporcionar suficientes detalles técnicos como para que los expertos queden satisfechos, pero también suficiente contenido como para que el lector general pueda comprender la esencia de mi proyecto. El libro parece haberlo conseguido con el lector general y con algunos expertos aunque principalmente con aquellos que tienen una buena disposición para con el DI. En cualquier caso, quedó claro tras la publicación del libro que necesitaba poner a punto algunos detalles matemáticos, cosa que he estado haciendo recientemente (véase mis artículos contenidos en Mathematical Foundations of Intelligent Design en www.designinference.com), y que han sido abordados en profundidad y en colaboración con mi amigo y colega Robert Marks en el Laboratorio de Informatica Evolutiva (www.evolutionaryinformatics.org).
M. L.: ¿Evitas cuestiones difíciles?
W. D.: Claro que no. Pero lleva tiempo contestar a las cuestiones difíciles y he sido paciente para hacerlo. Encuentro interesante que ahora que he respondido a las cuestiones críticas con pleno rigor matemático (véase http://web.ecs.baylor.edu/faculty/marks/eil/Publications.html) ellos guarden, extrañamente, silencio. Por ejemplo Jeff Shallit, cuando le informé acerca de mi trabajo sobre la conservación de la información, me dijo que se negaba a debatirlo porque yo no había respondido de manera adecuada sus anteriores objeciones, pese a que el trabajo sobre la conservación de la información del que le estaba informando era precisamente en respuesta a sus objeciones. Igualmente, he contactado con Wolpert. Pero una vez que empecé a completar los detalles matemáticos de mi trabajo, guardó silencio. Quizás el silencio más sorprendente sea el Thomas Schneider, cuyo artículo sobre la evolución de la información biológica en Nucleic Acids Research (2000) afirma refutar a mi colega Michael J. Behe. Cuando Robert Marks y yo demostramos recientemente que su programa evolutivo era equivalente a una red neuronal y que trabajaba peor que el puro azar, también guardó silencio aunque en el pasado había respondido dentro del mismo día en su propia página web a cualquiera de mis críticas. Me he encontrado con que los darwinistas tienen por costumbre permanecer inconmovibles ante los problemas de su teoría e ignorar el mejor criticismo que se le plantea.
E. A.: Una de las críticas más usuales al DI es que sus autores carecen del suficiente número de artículos revisados por pares en revistas científicas de nivel. Del mismo modo dicen sencillamente que "eso no es ciencia". ¿Pueden refutarse estos dos prejuicios?
W. D.: El DI hace muchas afirmaciones comprobables y por tanto, científicas. Por ejemplo, afirma que ciertos tipos de cambios evolutivos están más allá del alcance de un mecanismo basado en el azar (como sucede con el mecanismo neodarwinista de selección natural que actúa sobre cambios genéticos aleatorios). Si alguien tiene que justificar que su teoría es científica es el darwinismo. Tomemos la explosión cámbrica, durante la cual se originaron los principales diseños corporales de los animales en un período de 5 a 10 millones de años hace 550 millones de años. No hay evidencia de que evolucionaran a partir de un ancestro común, y sin embargo los darwinistas persisten en decir que tienen uno.
En cuanto al tema de los artículos, hay que tener en cuenta algunas cosas: (1) Gran parte de los trabajos actuales de biología molecular son esencialmente ingeniería (es decir, genómica y proteómica) y por tanto deben ser concebidos con justicia como investigación en DI, pero a causa de la asfixiante influencia del darwinismo especulativo, este trabajo no puede situarse al abrigo del paraguas del DI. (2) En consecuencia el problema queda para los investigadores del diseño inteligente, que tienen que investigar cosas que no solo son compatibles o esperables de una hipótesis de diseño inteligente sino que tan solo lo vindican. Esto es difícil. Es un trabajo incipiente y hay ya artículos revisados por pares que han sido publicados o que están siendo revisados (vease por ejemplo lo trabajos en www.evolutionaryinformatics.org). (3) Hay un esfuerzo deliberado de las revistas por excluir cualquier cosa que apoye abiertamente el DI. El caso de Richard von Sternberg, cuya carrera ha sido casi arruinada por publicar un artículo de Stephen C. Meyer favorable al DI en Proceedings of the Biological Society of Washington es un buen ejemplo y demasiado conocido para repetirlo aquí ahora.
M. L.: Pese a ello, ¿existen importantes universidades que apoyen a los defensores del DI? Y si no ¿por qué?
W. D.: No diría que las universidades, como tal, apoyan el DI. Lo toleran si el personal facultativo que investiga sobre él tiene una plaza. Pero si no la tiene, la universidad se asegura de que no la consiga (la denegación de una plaza a Guillermo González en la Iowa State university es el último ejemplo). ¿Por qué esta oposición? Los darwinistas han tenido un éxito completo a la hora de demonizar a cualquiera que disienta de su visión materialista de la evolución. Esencialmente, han establecido un régimen estalinista sobre el academicismo occidental.
M. L.: Yo conozco el Instituto Biológico y el trabajo del Dr. Minnich. ¿Existen actualmente otros laboratorios trabajando en DI?
W. D.: El Laboratorio de Informática Evolutiva de Baylor (www.evolutionaryinformatics.org). Creo que se está organizando otro laboratorio sobre DI también en Baylor.
E. A.: La inferencia de diseño (The design inference, Cambridge University Press, 1998) es uno de los trabajos más valiosos del movimiento por el Diseño Inteligente (DI), un círculo compuesto principalmente de biólogos, paleontólogos e historiadores de la ciencia. También es quizás el único editado en una editorial de renombre. Sorprendentemente, este trabajo seminal procede de un matemático. ¿Puedes explicarnos como llegó un matemático a convertirse en un teórico del diseño?
W. D.: Mi especialización en matemáticas es la probabilidad y la estadística. Cuando terminé mis estudios de doctorado en la Universidad de Chicago, comenzó a interesarme el problema de la aleatoriedad –es decir, qué significa para una secuencia de números ser aleatorio. Mientras investigaba en la literatura acerca la aleatoriedad, me di cuenta de que ésta era siempre una noción provisional; algo era aleatorio sólo cuando no se había descubierto un patrón con el que vencer la aleatoriedad. Cuando seguí investigando esta idea, vi que se empleaba comúnmente un tipo de razonamiento estadístico gracias al cual los patrones que tenían probabilidad pequeña eran empleados no sólo para vencer el azar/aleatoriedad, sino para inferir diseño. Hasta hoy, considero las inferencias de diseño como una extensión natural de ciertas formas de inferencia estadística.
M. L.: Dr. Dembski, el DI ha recorrido un largo camino desde sus comienzos, y sus proponentes están alcanzando logros en un vasto rango de disciplinas como la astronomía, la biología y la química. ¿De qué manera ha contribuido o influenciado tu propio trabajo (principalmente The design inference y No Free Lunch) en el desarrollo de nuevos modos de hacer ciencia?
W. D.: Es demasiado pronto para decir cuál es el impacto de mis ideas en la ciencia. Con toda seguridad, se ha hablado mucho de mi trabajo y muchos científicos se muestran intrigados (aunque hay más que se muestran disgustados y quisieran destruirlos), pero hasta ahora sólo unos pocos científicos se han percatado de cómo asumir mis ideas y aplicarlas. Hay una razón para tan lentos comienzos. Mi trabajo en La inferencia de diseño era en esencia un trabajo sobre los fundamentos filosóficos de la teoría de las probabilidades, que intentaba comprender cómo interpretar las probabilidades en ciertos contextos. Naturalmente, esto conduce a algunas ideas acerca de la información y del tipo de información utilizado para obtener inferencias de diseño. Mi libro No free lunch (el título completo es No Free Lunch: Why Specified Complexity Cannot be Purchased Without Intelligence, Rowman and Littlefield Eds., 2002 ) era una revisión semi divulgativa acerca de adónde pienso que se dirige el movimiento por el DI en el tema de la información. El duro trabajo de desarrollar estas ideas para convertirlas en riguroso formalismo de teoría de la información, adecuado para hacer ciencia, comenzó realmente en 2005 con algunos artículos no publicados acerca de los fundamentos matemáticos del DI, que aparecieron en mi página web (www.designinference.com). Con la creación del Laboratorio de Informática Evolutiva de la Universidad de Baylor este mismo mes, y el trabajo llevado a cabo por mí y mi colega Robert Marks acerca de la conservación de la información (del cual algunos artículos están disponibles en www.evolutionaryinformatics.org), creo que el DI está finalmente en posición de desafiar ciertos supuestos fundamentales de las ciencias naturales acerca de la naturaleza y del origen de la información. Creo que esto tendrá un gran impacto en la ciencia.
E.A.: Eres un autor prolífico. ¿Consideras que tus libros son sólo diferentes perspectivas de una misma idea o, por el contrario, crees que tus ideas iniciales han cambiado substancialmente?
W.D. Hay tanto continuidad como desarrollo. He descubierto que no he debido retractarme de ninguna de mis ideas sobre la inferencia de diseño. Pero he tenido que refinarlas y eso ha llevado a nuevos interrogantes. Actualmente, mi interés se centra en gran parte en la informática evolutiva, que investiga la necesidad que tiene la evolución de utilizar la información existente si quiere lograr algo de interés. Últimamente, considero que la fuente de esta información es la inteligencia, pero por razones de indagación científica, es posible investigar los requerimientos de información de los procesos evolutivos en sus propios términos. Este trabajo acaba de empezar y puede consultarse en www.evolutionaryinformatics.org. En cualquier caso, me veo como una parte de una comunidad investigadora vibrante y dinámica que está alcanzando rápidamente perspectivas interesantes.
M. L. Se supone que tu trabajo monográfico, todavía incompleto, Mathematical Foundations of Inteligent Design es una explicación más completa y rigurosa acerca de cómo inferir diseño.
W. D.: Por ahora, este trabajo será publicado como artículos separados en colaboración con Robert Marks. Espero que finalmente seamos coautores de una monografía sobre este tema, aunque no podemos darle ese título debido al clima de hostilidad contra el DI. El énfasis puesto en este trabajo pasa desde la detección o la inferencia de diseño hasta la búsqueda de la información. Ambos son problemas relacionados ya que la información que posibilita la búsqueda exitosa puede conducir a inferir diseño.
M. L.: Ya has hecho mucho trabajo dentro del DI. ¿Tienes algo más en camino? Quizás otro modelo teórico para la inferencia de diseño…
W. D.: Creo que la informática evolutiva es el núcleo científico del DI y espero trabajar en este campo durante los próximos años. Además de este trabajo, en colaboración con la comunidad de matemáticos e ingenieros, conservo mi interés por la filosofía y la teología y tengo varios libros en marcha dentro de estas áreas. Mi primer doctorado fue en matemáticas y éstas me han dado un deseo de resolver problemas interesantes, cualesquiera que puedan ser y allá donde se encuentren. Una de las cosas que me da la convicción de que el DI va a alguna parte es que he descubierto que una investigación interesante conduce a otra y que hay más problemas de interés por resolver que años de los que dispongo para dedicarles. A pesar de toda la oposición con que me enfrento, especialmente el ostracismo de la ciencia oficial que puede resultar doloroso, no me cambiaría por ninguno.
M. L.: Ahora que tenemos métodos para inferir diseño (por ejemplo, el filtro explicativo y la complejidad irreducible de Behe), ¿se está haciendo algo acerca del modus operandi del diseñador, más allá del conjunto de teorías evolucionistas? Estoy pensando en algo en la línea de los términos de von Neumann, algo como los autómatas autorreplicativos o el incremento de la especificidad atómica al mismo tiempo. ¿Es esta una cuestión irrelevante? ¿Por qué?
W. D.: La implementación del diseño en los sistemas vivientes, especialmente en el origen de la vida, es una cuestión fascinante pero no estoy seguro de que la ciencia esté ahora en condiciones de responderla. Si la vida está ciertamente diseñada, representa una tecnología mucho más sofisticada que nada de lo concebido por los humanos. Puede llevar algún tiempo antes de que nuestra tecnología pueda determinar el modus operandi del diseñador. Sin embargo, la investigación en DI no necesita limitarse a esta cuestión. Gran parte de la expectación durante estos días está en los límites de la evolución, una vez dados ciertos tipos de fuentes de información. Esto es una cuestión interesante de por sí y no se puede prejuzgar qué teoría podrá salir triunfante, si el DI o el darwinismo.
M. L.: ¿Cree que estamos ante la aparición inminente de una teoría neo-saltacional en el marasmo de las ideas?
W. D.: No creo que la evidencia apoye un ancestro común universal, pero hay teóricos del diseño como Michael J. Behe que sí lo creen. Una teoría saltacionista de la diversificación de la vida es por consiguiente una opción basada en la teoría del diseño, pero no es la única opción y no espero que dentro del movimiento del DI una posición cobre ventaja sobre otra.
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Atapuerca: Ciencia y fe en Dios -
Por José A. Sayés
A propósito de las excavaciones en Atapuerca (Burgos) y que merecen sin duda admiración, se han hecho afirmaciones que van más allá de lo que compete a un científico. En el homo antecesor ahí encontrado, se ha visto el antecesor del homo neandertal y del hombre moderno o Cromagnon. Las teorías actuales sobre los antecedentes de la aparición del homo sapiens están continuamente sometidas a revisión, y de ellas la teología no tiene nada que decir. El mismo Arsuaga, director de las excavaciones de Atapuerca, es consciente de la complejidad científica del problema cuando dice que “cuanto mejor conocemos la evolución humana, más nos damos cuenta de lo extraordinariamente compleja en número de ramas que fue”; pero, a partir de ahí, él mismo tiende a hacer afirmaciones que no le competen como científico: “La ciencia ya ha resuelto las cuestiones fundamentales: sabemos que procedemos de un primate, es decir, que no hemos sido creados por ningún ser superior, que somos producto de una evolución biológica”.
Y añade: “Lo que hay que tener claro es que la evolución no se propone nada, no es nadie, no responde a ningún plan, a ningún propósito, no se dirige a ninguna parte”. Recientemente, ha venido a decir que, si la evolución lo explica todo, la vida carece de sentido (puesto que no podríamos hablar ni de Dios ni del más allá). Son afirmaciones que van más allá de la ciencia.
No cabe duda de que el relato del Génesis sobre el origen del cosmos y del hombre parece, a primera vista, estar en contra de lo que la ciencia enseña. Pero nada más lejos de la realidad. La Biblia no entra en cuestiones de tipo científico, sino que nos quiere transmitir verdades últimas a las que la ciencia no puede llegar, y que se enseñan con un ropaje literario acomodado para las gentes a las que se dirigía. La primera verdad que transmite el Génesis es que todo ha sido creado por Dios. Ésta es una verdad a la que no llegó la filosofía de Platón y de Aristóteles. El Génesis utiliza un verbo, bará, que ya no es modelar una materia eterna (yasar), sino dar la existencia a lo que no existía. Es verdad que el relato, en su ropaje literario, utiliza la imagen de la creación en seis días, pues lo escribe un sacerdote del siglo VI a. C. con la intención de inculcar el trabajo en seis días y dedicar el séptimo en honor del Creador.
Evidentemente, Dios no necesita seis días para crear. Asimismo, la imagen de la costilla tomada de Adán para formar la mujer sólo tiene la intención de hacer comprender a los hombres de aquel tiempo que la mujer no es un objeto de trabajo o de placer, sino que ha sido creada con la misma dignidad que el hombre. Y lo más impresionante del relato de la creación es que el hombre (y la mujer) es creado a imagen y semejanza de Dios, con una dignidad personal que lo convierte en interlocutor del mismo Dios y dueño de la creación. Hay, por fin, una última verdad que se enseña: el pecado histórico cometido por el primer hombre (Adán) consistió en comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, en pretender determinar por sí mismo el bien y el mal, ciencia que compete sólo a Dios. El hombre pierde así la armonía que tenía consigo y con la naturaleza introduciendo un pecado de fatales consecuencias para la Humanidad.
Autonomía de la ciencia, e ideología
La Biblia quiere transmitir esas cuatro verdades fundamentales y no entra en cuestiones de tipo científico. La Iglesia respeta, por ello, la autonomía de la ciencia y acepta la explicación de la evolución respecto al cuerpo humano, sosteniendo que el alma no puede proceder por evolución. Ningún problema, por tanto, entre la ciencia y la fe. Ahora bien, si un filósofo o teólogo tiene que respetar la autonomía del método científico, el científico ha de precaverse de entrar en el campo de la filosofía y de la teología, que tienen un método diferente y que permite hacerse las preguntas últimas sobre el mundo y el hombre. De otro modo, el científico ya no hace ciencia, sino ideología.
Esto es lo que ocurre, por ejemplo, a. J. Monod cuando pretende explicar la evolución por mutaciones genéticas que ocurren al azar. Aparte de que la ciencia no conoce mutaciones genéticas que cambien de especie, recurrir al azar es hacer filosofía, y mala filosofía. De azar se podría hablar cuando se trata de un orden convencional: el orden alfabético, por ejemplo. Si echamos al aire las 28 letras del alfabeto, cabe la posibilidad, al menos teórica, de que salgan ordenadas. Pero esto no vale cuando se trata de un orden objetivo. En todo caso, la ciencia podría un día explicar cómo ha tenido lugar la evolución, buscando cómo se han desarrollado las mutaciones genéticas y qué leyes las han presidido. Lo que no podrá nunca explicar el científico es por qué existe el orden en lugar del caos.
Las últimas preguntas
A las últimas preguntas sólo puede responder la filosofía o la teología. Recientemente se ha descifrado el genoma humano, y hemos sabido que el hombre tiene 30.000 genes, poco más que un ratón. Nos han explicado que el gen es una unidad funcional de pares de bases que son la adenina, la timina, la guanina y la citosina. Y algunos han aprovechado para sentenciar que el hombre no es más que eso. ¿Así que el hombre es poco más que un ratón? Evidentemente que no. Aquí comienza la filosofía trascendiendo el método científico de verificación empírica. Hay en el hombre algo que es la libertad, y la libertad significa autodeterminación; lo cual quiere decir que los genes nos condicionan, sí (nos dan más o menos salud, por ejemplo), pero no nos determinan, dado que soy yo el que me determino a mí mismo. Esto quiere decir que en el hombre hay un ámbito espiritual (alma) que trasciende lo genético. Hace tiempo se convirtió el célebre premio Nobel de Medicina Eccles, al caer en la cuenta de que los gemelos, que tienen el mismo código genético, tiene cada uno una experiencia de un yo irrepetible y radicalmente original. Esa experiencia no se puede deber a la genética, porque es la misma y sólo se explica por un principio espiritual. Son muchas las pruebas que se podrían dar de la existencia del alma.
Sólo una más. Cuando entramos en una cueva prehistórica y vemos pintadas en la pared figuras de caballos, y bisontes, deducimos que las ha pintado un hombre, porque nadie pinta un caballo si no tiene el concepto abstracto de caballo. Por eso no pintan los animales.
Sólo el hombre es capaz de operaciones que trascienden lo sensible. Y observaba santo Tomás que esa alma trascendente, por ser simple y espiritual, no la podemos recibir por generación de nuestros padres, porque sólo se puede generar lo que se puede dividir.
Es creada directamente por Dios. Eccles, en su conversión, siguió este mismo razonamiento. La ciencia nos dice hoy que el mundo ha evolucionado a partir de una explosión (big bang), que tuvo lugar hace 15.000 millones de años. Ante eso, el filósofo se pregunta: ¿cómo es posible que una partícula tan pequeña haya tendido a la realización de proyectos, como el hombre, el caballo, etc., sin conocerlos? Nadie tiende a un proyecto si no lo conoce. El orden convencional se puede explicar por azar; pero el orden objetivo, que implica la realización de un diseño, no. Nadie admitiría que la catedral de Burgos se formó por azar, porque responde a un diseño, y todo diseño exige una inteligencia que lo haya diseñado. ¿Y no es el hombre un diseño infinitamente superior al de una catedral?
A principios del siglo pasado, se hizo una encuesta en USA, con 1.000 profesores de 100 Universidades, en torno a la fe en Dios, el alma, etc. Sólo la mitad decía creer en Dios. El autor de la encuesta se atrevió así a profetizar que, a finales del siglo, los científicos norteamericanos no creerían en Dios. Alguien ha tenido la idea de repetir la misma encuesta con 1.000 científicos de las mismas Universidades; el resultado es que ahora el porcentaje de creyentes ha subido al 75 por ciento. Podríamos recordar aquí a todos los científicos de fama que, en cuanto hombres de pensamiento, han creído en Dios. Uno de ellos, Pasteur, decía: “Por haber estudiado mucho a lo largo de mi vida, tengo la fe de un bretón. Si hubiese estudiado más, tendría la fe de una bretona”. No se sabe por qué extraño destino, cuando en España pensamos estar a la última, estamos casi siempre a la penúltima y terminamos haciendo el ridículo.
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Los mitos de una ciencia materialista
Sin duda hay algunos colegas, buenos profesionales, pero a los que, introducidos desde pezqueñines en una mentalidad materialista, les cuesta reconocer lo obvio. Recuerdo el entusiasmo con que un profesor nos explicaba la famosa ley de Haeckel, según la cual la ontogenia es una recapitulación de la filogenia. Dicho de otro modo: el proceso de formación de un ser vivo, por ejemplo la del hombre desde la concepción hasta el nacimiento, es el resumen abreviado, en nueve meses, del proceso evolutivo desde la primera célula hasta el primate, que ha durado cientos de millones de años. Este aserto, con un buen montaje de dibujos, como hizo Haeckel en su momento, podría parecer a primera vista como algo irrefutable, una ley universal bien consolidada. Y sin embargo, como se comprobó después, los diseños no eran más que una puesta en escena, una perfomance diríamos hoy, sin más valor explicativo que los propios dibujos manipulados, pero que sacó de sus casillas a más de un embriólogo empeñado en demostrar lo indemostrable. De modo parecido, aseverar que la evolución es un proceso fruto del azar y de la necesidad (Monod) es no explicar nada tratando de explicarlo todo, porque invocar la necesaria necesidad, desde el punto de vista lógico, es sencillamente una borrachera de fatuidad gramatical. Y, así, se pueden multiplicar los ejemplos de los diversos intentos cientifistas de dar una explicación cabal y global de la realidad, prescindiendo de la complejidad de lo real.
Nos conviene ser más humildes. Y, sobre todo, salir de los clichés: uno de ellos, perverso por irracional, es el del materialismo. Si uno no sabe, lo más lógico es que enmudezca. Que no atribuya poderes divinos a la materia. Por ejemplo, no saber distinguir la diferencia entre el hombre y el chimpancé, puesto que sólo les separa un 1,5% de su genoma, es refutar lo evidente. Aunque la ciencia no nos lo explique, y quizá no sea capaz nunca de hacerlo, la diferencia la sabe captar un niño: el rey está desnudo, exclamó el inocente, cuando todos estaban admirados de la belleza del ropaje que sólo los tontos no eran capaces de ver, pues para ellos se les hacía invisible.
Decir que un embrión, por menudo que sea, es sólo un conjunto de células, es decir algo indiscutible e irrebatible; pero, de ahí a afirmar que se trata de material biológico a la libre disposición porque, por el mismo motivo, un trozo de pellejo es también un conjunto de células, hay un abismo. Y esto sólo puede ser fruto del materialismo invisible que cubre las vergüenzas con que los hombres nos vestimos, dejándolas, al mismo tiempo y paradójicamente, al descubierto, con tan sólo usar la razón. Una tautología producto de esa mentalidad que se manifiesta en que lo que hay es lo que hay. Lo que hay no es sólo lo que se ve: hay también intangibles; y si no que se lo pregunten a los investigadores de las ciencias humanas: sociólogos, psicólogos, antropólogos, economistas, etc.
Considerar que la evolución ocupa el lugar de un demiurgo, una fuerza cósmica, autónoma, llena de energía, es uno de esos dogmas a los que algunos científicos nos tienen acostumbrados. No pocas veces se escribe evolución con la letra e mayúscula: E. Así se diviniza y, por tanto, carece de racionalidad la explicación. La Evolución es un nuevo dios. Sin embargo, cuando se escribe con minúscula entonces sí que está sujeta a una severa crítica, a una corrección. Ya no se la considera un factótum de la modernidad, sino un intento explicativo. Ya no es una ideología, sino una teoría científica de aproximación, una tentativa de esclarecer lo que se observa. El materialismo es una nueva manifestación del viejo maniqueísmo, que en su rudimentez, trata de explicarlo todo, porque eso colma la vanidad del hombre. La concepción maniquea da a entender un universo hostil (porque se identifica con un demiurgo malo que gusta de gastar faenas) y, por tanto, que no estamos en nuestro hogar, del que somos extraños, simplemente hemos advenido. No es de extrañar que conduzca a una visión paranoica que genera actitudes y conductas de evitación de lo racional. En mi opinión, constituye una ardua tarea para un materialista que no admita a un Dios creador, racional y sabio; y para el que se vuelve una cuestión sencillamente irresoluble. Para él la naturaleza no irradia la grandiosidad de lo divino, sino que simplemente procurará que no sea hostil, que provea de materias primas que utilizaremos para nuestros artefactos. Lo artificial cobra vida sobre lo natural: ya no se imitan a los animales, sino que sencillamente los fabricamos. Ya no se hacen dibujos animados de animales, sino que ahora se fabrican shrek de la vida, o esos pequeños monstruitos que son los simpsons.
Decía R. Guardini que «la imagen que el hombre contemporáneo tiene de sí es titánica: se arroga una posición en la existencia y una soberanía de dominio sobre ella que, en verdad, no le corresponden. Por eso se excede continuamente, mientras su conciencia más íntima siente esa inadecuación, y se avergüenza de la ridiculez que implica ese crisparse en sí. Esto se manifiesta en la paradójica contradicción que sigue a tal exceso: el hombre renuncia constantemente a su sentido más propio; se degrada hasta convertirse en un fenómeno biológico, en una célula sociológica y, en último análisis, en un producto de la evolución de la materia». Y Alexis Tocqueville apostillaba que «el despotismo puede prescindir de la fe; la libertad, no».
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Sobre la teoría de la evolución
El 22 de octubre del 96, el discurso de Juan Pablo II a la Academia Pontificia de las Ciencias causaba cierto revuelo en los ambientes científicos interesados. Algunos interpretaron entonces que la Iglesia aceptaba por fin el evolucionismo. Pero, ¿es cierta esta apreciación? ¿Ha cambiado el juicio de la Iglesia sobre esta teoría? En realidad no es para tanto: el Magisterio nunca se ha opuesto a una evolución bien entendida. Lo que ha hecho el Papa es constatar que los "nuevos acontecimientos llevan a pensar que la teoría de la evolución es más que una hipótesis".
En el referido discurso del Papa, se reconoce que hay "argumentos significativos en favor" de la teoría del Evolucionismo. Se trata, pues, de una nueva valoración: hasta ahora la ciencia y la Iglesia no concedían al evolucionismo más que un valor hipotético, tan probable como las teorías opuestas. Pero ahora se reconoce que "la convergencia de los trabajos realizados independientemente unos de otros, constituye de suyo un argumento significativo en favor de esta teoría".
UN PRINCIPIO GENERAL
Repetidamente la Iglesia ha afirmado que la verdad no puede contradecir a la verdad (León XIII, Pablo VI, Juan Pablo II). Con ello se quiere hacer ver que la verdad científica nunca puede ser disconforme con la verdad revelada, si ambas se mantienen cada una en su campo y saben interpretarse adecuadamente. La razón es obvia: Dios es la suprema Verdad; las verdades parciales son aspectos de esa única Verdad; admitir discrepancias entre unas verdades y otras seria tanto como admitir contradicción interna en Dios, lo cual es inimaginable.
NUNCA HUBO OPOSICIÓN
Apoyándose en tal criterio, la Iglesia nunca se ha opuesto al desarrollo científico de un evolucionismo coherente y seguro. En concreto, hasta 1996, había señalado lo siguiente:
1) Respecto a la evolución cósmica la Iglesia ha efectuado muy pocas manifestaciones. La Pontificia Comisión Bíblica, en respuesta del 30-VI-1909 que versa sobre el sentido de los tres primeros capítulos del Génesis, dice solamente que no puede ponerse en duda "la creación de todas las cosas por Dios al principio del tiempo". Mantiene, pues, firme la fe en Dios creador, sin manifestar incompatibilidad con las teorías de la génesis del universo; especialmente las que admiten un principio temporal del mundo. En 1948, la misma Comisión responde de nuevo al Cardenal de Paris y ratifica lo ya dicho, explicando en qué sentido deben interpretarse los primeros capítulos del libro del Génesis.
2) Por lo que se refiere a la evolución biológica, la Iglesia expresó en 1950 que no vela oposición entre la fe y las investigaciones sobre la evolución (Pío XII, Enc. Humani generis), aunque recomienda "la máxima moderación y cautela" en las afirmaciones científicas no probadas, ya que el Evolucionismo no pasaba de ser una hipótesis todavía sin comprobar. En 1986, en una de sus catequesis, Juan Pablo II dice que la teoría de la evolución "no contrasta con la verdad revelada", siempre que se la entienda de modo que no excluya la causalidad divina.
3) En cuanto al origen del hombre, la Iglesia ha señalado (cfr. Enc. Humani generis) los puntos de doctrina que un cristiano debe mantener firmes para aceptar la teoría de la evolución aplicada al hombre: la peculiar creación del hombre por Dios, la formación de la primera mujer a partir del primer hombre, la creación inmediata del alma humana por Dios, la unidad del linaje humano y por tanto la necesidad del monogenismo, y algunos otros conceptos revelados más propios de la teología que de la ciencia.
Nunca, en resumen, limitó la Iglesia la libertad de investigación en este campo. Sus afirmaciones positivas se han referido siempre a aspectos no científicos, como el origen del espíritu, que escapa por su misma naturaleza a las investigaciones físico-químicas, como veremos al final.
La Iglesia acepta un evolucionismo
que se limite a la explicación científica de la naturaleza,
sin entrar en hipótesis sobre la creación del mundo o del alma humana,
que son cuestiones metafísicas
UNA TEORÍA Y SU ALCANCE
Las declaraciones de Juan Pablo II en octubre de 1996 inclinan la opinión de la Iglesia a aceptar el evolucionismo como teoría suficientemente comprobada "por diversas disciplinas del saber" (n 4). Aunque parezca, en principio, que la Iglesia no debería tomar postura en un argumento científico, "el Magisterio está interesado directamente en la cuestión de la evolución, porque influye en la concepción del hombre" (n. 5). Esto quiere decir que no se trata de una simple cuestión opinable, como tantas otras investigaciones científicas, sino que el enfoque con que se afronte el evolucionismo y, en concreto, el origen del hombre, afecta profundamente a la noción misma de persona humana; y esto repercute a su vez en múltiples aspectos éticos, sociológicos, etc., con honda trascendencia moral.
El Papa, tras reconocer los argumentos significativamente válidos del evolucionismo, señala insistentemente que se trata de una teoría, y delimita el valor epistemológico de toda teoría: una interpretación (no un hecho) homogénea de numerosos datos, que permite relacionarlos entre si y darles una explicación. Toda teoría debe verificarse con nuevos datos y, en caso necesario, reformarse para ser mejor adaptada a la realidad. Además, en el caso del evolucionismo, a los datos procedentes de la observación se añaden ciertas nociones filosóficas, pretendiendo integrarlas en un conjunto unitario con la parte más científica (cfr. n. 4).
Así la primera puntualización pontificia es que, si bien -hoy por hoy- el evolucionismo es la teoría científica que mejor cuadra con los datos observados, no puede tomarse como intangible pues, por su propia naturaleza, puede necesitar ser revisada o perfeccionada.
EVOLUCIÓN Y EVOLUCIONISMOS
La segunda matización que hace el Papa es distinguir entre evolución y evolucionismos. En efecto, al tomar también nociones filosóficas para integrarlas en la teoría, no habrá una sola hipótesis evolucionista, sino tantas como posiciones filosóficas de partida (cfr. n. 4).
Esto puede ser licito -lo exige el propio pluralismo humano-, pero es importante destacar que la existencia de diferentes evolucionismos no es una cuestión científica, sino de pensamiento filosófico. Sería falsear la ciencia -aunque así se ha hecho no pocas vecespretender exponer como única explicación científica posible, una teoría que incluye posturas intelectuales meta-científicas. Un científico honrado expondrá con claridad los datos observables y la teoría que los explica, fijando adecuadamente los límites de su interpretación o señalando las ocasiones en que, además de sus datos, hace uso de argumentos no científicos.
El Papa señala, para ejemplificar, aquellas teorías evolucionistas que consideran que el espíritu humano surge de las fuerzas interiores de la materia viva, o que se trata de un simple epifenómeno de la misma. Estos evolucionismos son incompatibles con la doctrina católica, pero no por aceptar la evolución y sus principios científicos -que en si mismos en nada fundamentan aquellas afirmaciones-, sino porque son incapaces de fundar la dignidad de la persona humana e incompatibles con la verdad sobre el hombre (cfr. n. 5).
En resumen, la Iglesia acepta un evolucionismo que se limite a la explicación científica teórica de las observaciones naturales, sin incluir en su hipótesis cuestiones relativas a la creación del mundo o del espíritu del hombre, que son aspectos metafísicos. El momento del paso a lo espiritual no es-por su propia naturalezaobjeto de observación experimental; al investigar el origen del hombre ha de tenerse en cuenta la existencia de una discontinuidad ontológica (cfr. n. 6) respecto a los demás seres materiales. Este salto o ruptura de continuidad repugna a los que estudian la evolución como algo sólo material, pero es necesario aceptarlo como una realidad existencial, aunque escape al análisis físico-químico.
LA APORTACIÓN TEOLÓGICA
Más allá de la teoría científica y de las premisas filosóficas, los creyentes tenemos la revelación divina como fuente de conocimiento.
Esta sabiduría enriquece enormemente los planteamientos humanos, respetando la lógica autonomía del intelecto del hombre. Por eso el Papa concluye su discurso haciendo referencia a la vida entendida como don sobrenatural de Dios que Cristo nos comunica. Aquí el término vida, usado por San Juan en sus escritos, encierra la trascendencia propia de la "eterna felicidad divina, comunicada a los hombres por la infinita liberalidad de un Dios que es calificado como Dios vivo, en uno de los más hermosos títulos que le ofrece la Sagrada Escritura (cfr. n. 7).
LO QUE DICE LA CIENCIA
El moderno evolucio nismo se EI moderno evolucionismo se caracteriza por englobar en una misma teoría -con diferentes partes- el origen de todo: la materia inerte, la vida y el hombre. Aunque se trate de tres saltos cualitativos, no cabe duda que hay una honda relación entre ellos; no puede explicarse la existencia del hombre sin comprender bien de dónde viene la Tierra, el sistema solar y las galaxias.
Las ecuaciones de la relatividad generalizada (Einstein, 1916) permitían deducir, contra lo que se habla creído hasta el momento, que el universo no es eterno e inmutable, sino que es evolutivo: se expande o se contrae necesariamente. J.B.Lamaître (1927) tuvo por primera vez la intuición de que todo el universo provenla de un único "superátomo, inicial; y E. Hubble comprobó experimentalmente en 1929 que las galaxias estaban en expansión. Un análisis retrospectivo llevó a plantear el origen del universo en un sólo punto inicial, calculable en el tiempo, con una concentración inaudita de energía. G. Gamow (1948) calculó este modelo, que acabó llamándose popularmente el "Big-Bang".
En 1965, Penzias y Wilson descubrieron casi por casualidad el "ruido de fondo" del universo, predicho por Gamow; lo que comprobó la exactitud de la teoría y les valió el premio Nobel. Esta y otras comprobaciones han llevado a que la casi totalidad de la comunidad científica adopte el modelo del Big-Bang como la hipótesis más probable del origen del universo. Otras teorías -universo estático y universo pulsante- no han podido ser comprobadas.
De aquel "átomo" inicial, hace unos 18.000 millones de años, proviene todo el universo observable.
EL ORIGEN DE LA VIDA. EVOLUCIÓN BIOLÓGICA
Diversos experimentos realizados hacia la mitad de siglo, han demostrado la posibilidad de que, en algunos mares de la primitiva Tierra, se sintetizaran los productos de la química orgánica necesarios para la vida. Se supone que en aquellos "caldos" primitivos de materia carbonada y nitrogenada, se sintetizaron los elementos vitales (proteínas y ADN) capaces de reduplicarse y constituir propiamente un ser vivo. Cómo tuvo lugar esta síntesis es todavía un misterio de difícil solución.
Una vez se dieron los primeros vivientes, entró en juego la variabilidad de la molécula de ADN. Las mutaciones, espontáneas o inducidas por agentes naturales (radiactividad, etc.), supusieron millones de cambios bioquímicos, algunos de los cuales fueron provechosos para la vida de sus herederos genéticos.
Lamarck (1809) y Darwin (1859) pusieron las bases para la explicación biológica de la evolución de los seres vivos. La aportación de este último fue hacer entrar en juego la selección natural como factor decisivo en la supervivencia de los mejor adaptados y, en definitiva, en el "progreso" de las formas vitales. El entrecomillado del término progreso se debe a que algunas teorías evolucionistas insisten desproporcionadamente en el papel jugado por la selección natural. Es indudable que en la evolución se ha dado un claro progreso en complejidad y perfección de los seres vivos. Es mucho menos claro que este progreso se dedo sólo a la selección natural: desde un punto de vista filosófico, una selección realizada sobre cambios meramente casuales no explica el avance perfectivo; desde el punto de vista biológico, también parece clara una dirección evolutiva de tacto difícilmente argumentable por la sola ciencia positiva, como veremos.
Hay que hacer notar, además, la importancia crucial de algunos fenómenos imprevisibles, como la extinción catastrófica de determinadas especies, que resultaron providenciales para el desarrollo ulterior de la evolución. En los últimos 500 millones de años se encuentran restos de al menos cinco de estas grandes extinciones; la más conocida es la desaparición de los dinosaurios, hace 70 millones de años, que permitió el desarrollo y actual preponderancia de los mamíferos sobre los reptiles. Quiere esto decir que la trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible, fruto de un "azar" muy especial que ha conducido a la posibilidad de existencia actual del hombre.
LA APARICIÓN DEL HOMBRE. EL PRINCIPIO ANTRÓPICO
Es un hecho que el material genético humano (por no hablar del parecido anatómico o fisiológico) coincide en un 98% con el de diversas especies animales. Esto induce a pensar que el cuerpo humano tiene un origen común con el de otros seres vivos. Es improbable que algún día se llegue a encontrar una prueba definitiva de la transformación que dio lugar al cuerpo del hombre; pero los descubrimientos constantes en este campo de la ciencia refuerzan progresivamente la idea de una adaptación evolutiva del mundo animal hasta llegar al hombre.
La trayectoria de la evolución ha sido única e irrepetible,
fruto de un "azar" muy especial
Las fases de tal adaptación, por lo que hoy se conoce, pueden escalonarse en varios momentos cruciales: un distanciamiento anatómico de la rama evolutiva de los primates, hace unos 2'5 millones de años; la bipedestación (andar erguido sobre dos patas), hace 2-1'5 millones de años; el desarrollo cerebral progresivo, entre un millón y doscientos mil años de antigüedad; la expansión y diferenciación de especies desde Africa hacia Asia y Europa, en sucesivas oleadas, a lo largo de un millón de años; el aprendizaje progresivo de algunas técnicas: golpeado de piedras, tallado de hachas de mano; etc.
Esta lentísima evolución sufre una discontinuidad y una aceleración sin precedentes hace menos de cien mil años. En muy poco tiempo-relativamenteaparece la cultura (arte), la técnica (industrias diversas), la religión (culto a los muertos) y el lenguaje. En menos del 4% del tiempo evolutivo más reciente, el hombre pasa de la nada cultural al nivel actual de pensamiento y dominio de la naturaleza.
En base a esto, y a todo el planteamiento evolutivo del mundo y de la vida, hace ya unas décadas que se abre paso, entre los profesionales de la ciencia, el convencimiento de que el universo entero parece programado para la existencia humana. Se comprueba, resumiendo mucho, que el universo y su evolución han reunido tales características que han hecho posible la existencia en él de vida inteligente; cosa nada fácil, de no coincidir las muchas y diversas circunstancias que han concurrido en nuestro mundo. Según Dicke (1961), la relación de intensidad de las fuerzas elementales de la materia, la edad misma del universo, etc., son tales que difícilmente de otra forma se habría llegado hoy al hombre: es lo que se llama el "Principio Antrópico débil".
Por otra parte, en 1973, Collins y Hawking hacen notar que sólo un universo con densidad global muy próxima a la crítica, permite la creación de estrellas y galaxias. Carter (1974) añade que cualquier variación mínima en los parámetros iniciales del universo hubiera llevado a condiciones en que seria imposible la evolución hasta el nivel humano. Por tanto, el universo posee, desde su primer instante, las condiciones que permitirán la vida (síntesis del carbono, etc.) y la posible aparición del hombre en algún momento de su historia. Es lo que se conoce como "Principio antrópico fuerte".
También las características locales de la evolución (masa y condiciones de la Tierra, núcleo de hierro, episodios catastróficos antes reseñados,...), hacen intima la probabilidad de que se reúnan de nuevo las condiciones necesarias para la aparición y desarrollo de la vida hasta el nivel humano, incluso contando con la inmensidad de astros de la Vía Láctea (Carreiras, 1997).
Ante este planteamiento sólo caben dos opciones: o el universo y la Tierra reúnen esas características "por casualidad". c bien han sido diseñados y programados expresamente para la existencia del hombre. Quienes propician la primera solución, ante la dificultad de que el azar reúna por sí sólo esas condiciones, recurren a la hipótesis de infinitos universos -simultáneos o sucesivos, de los que sólo uno de ellos tiene las características necesarias. Naturalmente, esta teoría no tiene posibilidad de comprobación científica experimental; se trata de una postura intelectual meta-científica que, además, no tiene a su favor ninguna medida o dato observable.
Queda como única solución pragmática la de que el universo ha sido concebido con el fin de servir de asiento a la vida racional. Esto implica, como se ve inmediatamente, introducir en la discusión el concepto de finalidad; el cual escapa a la elaboración científica, pues no es medible, ni cuantificable, ni tiene ecuación que lo exprese. La ciencia, por tanto, debe concluir aquí su exposición, para dejar paso a la elucubración filosófica.
INTELIGENCIA Y CONSCIENCIA
La aparición del hombre plantea, además, otro problema de distinto orden: la actividad racional, consciente y libre. El hombre se diferencia de los animales porque utiliza conceptos abstractos; no es capaz simplemente de aprender determinados comportamientos, sino que tiene las posibilidad de relacionar ideas simples- inmateriales-, buscar causas, analizar finalidades, deleitarse en el valor estético o ético de una cosa, etc.; todo lo cual escapa a la actividad sensorial propia del reino animal. Gracias a ello existe la Filosofía, la Poesía y la misma Ciencia; toda la cultura utiliza símbolos arbitrarios y abstractos para comunicar conocimientos e ideas. Además, el hombre es consciente: tiene un yo integrador, sujeto de sus actividades y capaz de reflexionar sobre su propio conocimiento (conocer que conoce, frustrarse ante el error, etc.)
La física moderna define la materia por sus interacciones con las cuatro fuerzas elementales. Ningún efecto de esas fuerzas tiene como consecuencia el pensamiento, la abstracción o la consciencia. No hay medida cuantitativa para calibrar el valor artístico o la implicación ética. Las mismas neuronas y corrientes cerebrales no son conscientes de si mismas; y si cada una no lo es, el conjunto -simplemente como conjunto- tampoco puede serlo. El pensamiento no es una secreción del cerebro: no hay dato científico en que apoyarse para asegurarlo. Quienes defienden una postura materialista de la razón humana, lo hacen por la idea preconcebida de que sólo existe la materia; lo cual no es un dato científico, sino un prejuicio filosófico, bastante inseguro por lo demás.
Añadida a las cuatro fuerzas elementales que definen la materia, en el hombre está presente una "quinta fuerza", no reducible a las anteriores, que se expresa en el pensamiento. Este componente novedoso del hombre se ha llamado, desde hace siglos, espíritu. Decir que el espíritu puede "emerger" de la materia, o que se reduce a una materia más organizada, son afirmaciones gratuitas. Ningún dato ni análisis científico justifica un reduccionismo así.
No cabe tampoco atribuir -como hacen algunos- la aparición de la inteligencia al desarrollo del lenguaje. Más bien lo lógico es lo contrario: el lenguaje es fruto de determinados órganos anatómicos, usados por alguien que sabe algo y desea trasmitirlo.
La ciencia, pues, debe terminar aquí su aportación a la aparición del hombre: constatando la existencia del espíritu y reconociendo que, con el método científico, no puede llegar a más. Es la hora, de nuevo, de dejar paso a la filosofía.
conoce.com
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¿CIENTÍFICOS CREYENTES?
Algunos están persuadidos de que ciencia y fe son incompatibles. Dicen, como Laplace, que "Dios es una hipótesis de la que no tienen ninguna necesidad". Y aseguran que son precisamente los científicos quienes suelen negar que se pueda conocer a Dios.
Es cierto que algunos científicos piensan así. Sin embargo, muchísimos otros –de indudable y reconocido prestigio– no dudan en declararse creyentes, y no les parece que la fe sea contraria en absoluto al ejercicio de su investigación, sino que afirman que la verdadera ciencia, cuanto más progresa, más descubre a Dios. Los conflictos entre fe y razón han sido siempre causados por la ignorancia de los defensores de una u otra parte.
El mismo Albert Einstein, por ejemplo, autor de la teoría de la relatividad, afirmaba que "la religión sin la ciencia estaría ciega, y la ciencia sin la religión estaría coja también".
Newton afirmaba que hay “un ser inteligente y poderoso... que gobierna todas las cosas no como alma del mundo, sino como Señor del universo, y a causa de su dominio se le suele llamar Señor Dios, Pantocrátor”.
El famoso premio Nobel alemán Werner K. Heisenberg, uno de los principales creadores de la Mecánica cuántica y formulador del conocido Principio de Indeterminación que lleva su nombre, a su paso por Madrid en 1969, afirmaba: "Creo que Dios existe y que de Él viene todo. El orden y la armonía de las partículas atómicas tienen que haber sido impuestos por alguien".
Max Planck, otro premio Nobel alemán, formulador de la teoría de los quanta, es aún más explícito: "En todas partes, y por lejos que dirijamos nuestra mirada, no solamente no encontramos ninguna contradicción entre religión y ciencia, sino precisamente pleno acuerdo en los puntos decisivos".
Von Braun, el hombre de la NASA que logró poner al primer hombre en la Luna, aseguraba que "cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza de la vida o la estructura de las galaxias, tanto más nos encontramos nuevas razones para asombrarnos ante los esplendores de la creación divina".
El físico británico Paul Davies asegura que la ciencia no puede responder a los interrogantes últimos, sino que ha de existir algún plan superior capaz de explicar la vida humana. Para Davies, "resulta totalmente inviable atribuir la existencia del hombre al simple juego accidental de fuerzas ciegas de la naturaleza: la asombrosa racionalidad de la naturaleza –con un grado verdaderamente fabuloso de organización en diferentes niveles que se entrecruzan y complementan– no puede ser el fruto de simples casualidades".
Alexis Carrel, aquel premio Nobel de Medicina, inicialmente un positivista incrédulo pero convertido más tarde al catolicismo, fue testigo directo en Lourdes de una curación instantánea e inexplicable, y decía: “Poca observación y muchas teorías llevan al error. Mucha observación y pocas teorías llevan a la verdad”.
La multiplicación de este tipo de testimonios tan cualificados han acabado por provocar un vuelco en contra de esa mentalidad de agnosticismo cientifista. Parece como si los agnósticos hubieran valorado en poco el poder de la inteligencia humana para llegar a Dios a través de la ciencia. Un editorial de la revista TIME comentaba con asombro ese cambio dentro del mundo científico: "A través de una callada revolución en el pensamiento y en la argumentación –una revolución impensable hace veinte años–, parece como si Dios se estuviera preparando su regreso".
(De Interrogantes.net )
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¿PUEDE LA CIENCIA CONTROLARSE A SI MISMA?
El físico alemán Otto Hahn, inventor de la fisión del átomo de uranio, se encontraba recluido en un campo de concentración inglés, junto con otros eminentes hombres de ciencia. Cuando en agosto de 1945 le llegó la noticia de que Hiroshima había sido arrasada por una bomba atómica, sintió una profundísima culpabilidad. Sus investigaciones sobre la fisión del uranio habían acabado por utilizarse para producir una terrible masacre. Tal fue su desazón que intentó abrirse las venas con los alambres de espino que rodeaban el campo.
Una vez que sus compañeros lograron disuadirle, el viejo profesor les hizo, desolado, la siguiente confesión: "Acabo de advertir que mi vida carece de sentido. He investigado por puro deseo de revelar la verdad de las cosas, y todo aquel saber científico acaba de convertirse en un enorme poder aniquilador".
La experiencia personal de Otto Hahn fue, en realidad, la experiencia amarga de toda una época. Una sobrecogedora impresión de fracaso invadió los espíritus de todos cuantos habían luchado año tras año con tanta tenacidad para llevar el conocimiento científico a la máxima altura posible, convencidos de hacer con ello un gran bien a la humanidad. Habían trabajado afanosamente –comenta López Quintás– con la profunda convicción de que el aumento del saber teórico y el incremento de la felicidad humana estaban inequívocamente vinculados. Confiaban en que fomentar el saber científico tomaría siempre un valor positivo, que significaría automáticamente cotas más elevadas de felicidad y de dignidad. Pensaron que se trataba de un bien incuestionable y que, por tanto, se traduciría ineludiblemente en bienestar y plenitud para el hombre.
Pero esta ilusión multisecular, que ya había hecho quiebra en las trincheras de Verdún, se vino estrepitosamente abajo con los horrores de la Segunda Guerra Mundial. El terrible poder destructor de las armas nucleares, los intensísimos bombardeos sobre población civil, el exterminio sistemático y profundamente cruel de toda una raza, y un saldo de cincuenta millones de muertos pusieron trágicamente de manifiesto que el saber teórico puede traducirse en un saber técnico, y este a su vez en un amplio poder sobre la realidad, pero –por desgracia– todo ese dominio no conduce automáticamente a una mayor felicidad de los hombres si quienes ostentan ese poder carecen de una conciencia ética adecuada a su responsabilidad.
Después de siglos de febril incremento del saber científico, la idea de que el progreso humano es siempre continuo y no puede haber retroceso, se había revelado como irritantemente falsa. El ideal del dominio científico, y la forma consiguiente de humanismo, saltaron en pedazos al entrar en colisión con la terca realidad de la historia. Era patente que el futuro no debía caracterizarse por esa ingenua credulidad en el progreso como principio motor de una civilización, sino que resultaba necesario cimentarlo sobre valores más elevados y seguros.
(De Interrogantes.net )
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¿ LA CIENCIA PUEDE SER UNA RELIGIÓN ?
Hay al menos cuatro elementos constitutivos de la actividad científica que son susceptibles de convertirse en gérmenes de una pseudorreligión si llegan a ser absolutizados. La ciencia moderna se fragua en el siglo XVII, cuando las corrientes filosóficas dominantes eran el racionalismo matematicista y el empirismo. De ellas tomó su amor a los hechos y su decidido empeño por encontrar formulaciones exactas y calculables para las leyes y conceptos que maneja. Las fórmulas traducen los hechos y los hechos remiten a la realidad, de manera que un ingrediente insoslayable de la fe científica es una versión particular del realismo, según la cual los fenómenos manifiestan la realidad sin falsearla, y la razón matemática da a los fenómenos una forma canónica sin alterar gravemente su entraña, ni perder por tanto la conexión con lo realmente real. Por consiguiente, la doble mediación que sustenta el trabajo científico no es impedimento para la consecución de la verdad: el mundo es inteligible, y precisamente en el sentido en que la ciencia plantea su esfuerzo de comprensión. Como tal esfuerzo es metódico, resulta esencial respetar las condiciones y límites en que dicho método es aplicable: sólo está permitido confiar en la bondad de los resultados obtenidos mientras nos atengamos a los procedimientos que nos guían y a los problemas que a ellos se adecuan. En resumidas cuentas, el científico se basa en hechos, los dilucida mediante la razón , presume que la verdad de la realidad le está aguardando dispuesta a premiar sus esfuerzos, y considera que su éxito depende de no extralimitarse más allá de sus reglas de procedimiento y del ámbito de objetos que estudia. No creo que haya nada que oponer a ninguna de estas cuatro reglas de oro de la ciencia, pero sería un grave error transformarlas en consignas cerradas y rígidas. Todos los científicos creadores las modifican de un modo u otro, y los simplemente cabales saben al menos usar de una prudente discreción al aplicarlas. Se puede, en definitiva, decir de la ciencia lo que un conocido autor ha dicho de la literatura: que «vive de la continua y delicada infracción de sus leyes». [23] Cuando no se entiende así, se está totalizando de un modo fraudulento la ciencia, se está haciendo de ella una metafísica y una religión, casi siempre con consecuencias catastróficas. No es malo que el científico sea en alguna medida un empirista, un racionalista, un realista y un cultivador de campos acotados. Son factores necesarios para la fe que necesita en cuanto científico. Ahora bien, si los extrapola y traspone a la fe que le es propia en cuanto hombre, es muy capaz de convertirlos en gérmenes de otras tantas religiones que dejan mucho que desear: la religión de la inmediatez, la religión del materialismo determinista, la religión del panteísmo gnóstico y la religión del azar esencial. Examinemos sumariamente cómo tienen lugar estos procesos de perversión de la fe científica y de qué modo pueden ser atajados.
Rendir culto a los hechos como si fueran lo último y definitivo forma la primera de esas patologías del espíritu. El positivismo ha pretendido elaborar unos estatutos del saber que consagrarían la primacía de lo fáctico en orden a definir los rasgos del conocimiento legítimo y admisible. Es de sobra conocido cómo fracasó a la hora de lograr una exposición coherente de su ideario. Pero hay un positivismo latente que resulta mucho más arduo detectar y depurar. Este positivismo, convertido en algo parecido a una religión, campea todavía en amplias capas de la sociedad cultivada, y se refleja en esa incapacidad para despegarse de lo inmediato y para distanciarse tan sólo un milímetro de una realidad que hemos domesticado según nuestra conveniencia. Hay una muestra muy instructiva de todo ello en el relato que hace Darwin de cómo perdió la fe: «...yo estaba muy poco inclinado a renunciar a mi creencia; estoy seguro de ello, pues recuerdo bien haber inventado muchísimas veces fantasías sobre antiguas cartas en poder de romanos ilustres, y manuscritos descubiertos en Pompeya o en cualquier otro sitio, que confirmaban de la manera más asombrosa todo lo que estaba escrito en los Evangelios. Pero cada vez me resultaba más difícil, dando rienda suelta a mi imaginación, inventar una prueba que bastase para convencerme. De esta forma me fue invadiendo el escepticismo poco a poco, hasta que me convertí en un incrédulo completo. El proceso fue tan lento que no sentí ningún dolor.»[24]
Es admirable la sinceridad con que este hombre confiesa que su alejamiento no se debió a la falta de suficientes evidencias fácticas, sino a la imposibilidad de concebir un hecho capaz de confirmarle la verdad de la religión. Y es lógico: Dios no puede caber dentro de un hecho moldeado y acotado según los módulos de la ciencia. La duda siempre es posible. Ni siquiera el mayor de los milagros podría movernos ni un ápice si no se pusieran simultáneamente en marcha otros resortes del alma. En este sentido, Darwin era mucho más perspicaz que un conocido filósofo de la ciencia contemporáneo, Norwood Hanson, que puso como condición necesaria de su eventual conversión la siguiente experiencia: «Supongamos, no obstante, que el próximo martes por la mañana inmediatamente después de nuestro desayuno, todos los que estamos en el mundo nos vemos postrados de rodillas por un tronido percusivo [...] descubriendo una figura de Zeus increíblemente inmensa y radiante que se eleva por encima de nosotros como cien Everest. Frunce el ceño de un modo sombrío [...] apunta --¡a mi! -- y exclama, para que puedan oírle todos los hombres, las mujeres y los niños: “Ya he tenido bastante con tu habilidoso cortar-lógico y de tu rebuscar-en-las-palabras en cuestión de teología. Convéncete, N. R. Hanson, de que muy ciertamente existo.”» [25]
El ilustre epistemólogo agrega que «si llegara a acontecer un evento así de notable, yo , de una vez por todas, quedaría convencido de que Dios existe.»[26] Por mi parte me permito dudarlo, a no ser que fuera un crítico del conocimiento menos bueno de lo que se dice. Siempre se podría pensar en una alucinación colectiva, en un marciano de otra galaxia poseedor de una avanzadísima tecnología, o qué sé yo. En los Evangelios se cuenta que muchos se hartaron de ver milagros sin que su incredulidad se quebrara un ápice. Por eso Darwin era mejor filósofo de la ciencia cuando confesó que no podía creer en Dios, porque creía demasiado en la religión de los hechos, y esta es una fe incompatible con la otra, cuando se absolutiza hasta el punto en que él lo hizo. La segunda patología a describir tiene que ver con la racionalidad paroxística que algunos fanáticos de la ciencia han desarrollado para asegurar la fiabilidad de sus conquistas. El ideal de un saber riguroso viene de la antigüedad, pero, aunque los filósofos bregaron duramente con la definición de los conceptos, la construcción de los juicios y la pureza de los razonamientos, nunca lograron la satisfacción completa de este afán. Sólo los matemáticos consiguieron resultados alentadores, aunque tan sólo con respecto a objetos que el público en su mayoría consideraba poco fascinantes. El éxito de los modernos fue perfeccionar y sistematizar procedimientos de medida y cálculo, estableciendo una simbiosis entre matemática y física que situó esta disciplina en lo que Kant denominó «el recto camino de la ciencia».
* Juan Arana. Departamento de Filosofía y Lógica, Universidad de Sevilla
Publicado en: J. Aranguren, J. J. Borobia y M. Lluch (editores), Comprender la religión. II Simposio Internacional de Fe Cristiana y Cultura Contemporánea, Instituto de Antropología y Ética, Universidad de Navarra, Pamplona, 2000 (Pamplona: Eunsa, 2001), pp. 221-242.
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LA AUTONOMIA DE LA CIENCIA.
El desarrollo de la ciencia moderna y contemporánea trajo la necesidad de reclasificar los saberes y de reconocer el ámbito legítimo de acción de cada uno. Ello ha planteado un tema específico: la autonomía de las ciencias. Con ello se entiende que cada ciencia posee leyes, campos y métodos que las diferencia y que deben ser respetados. También puede entenderse algo más exigente: la negación de toda relación de subordinación o dependencia de las ciencias respecto de otras formas de saber como la Religión, la Filosofía, la Teología, la Política, o creencias derivadas de esos saberes. La ciencia solo aceptará lo que provenga de los métodos y principios de la ciencia misma.
Lo anterior llevó a plantear así el asunto: no es aceptable la autonomía externa, cosa que equivaldría, de aceptarse tal autonomía, a absolutizar la ciencia, lo cual es no solo anticientífico, sino fuente de conflictos y abusos. El científico y por ende la ciencia debe respetar leyes, derechos humanos, deberes éticos. Se justifica poner límites éticos y sociales a la actividad del científico. Por ejemplo, es justo prohibir la experimentación con seres humanos; los derechos y deberes humanos están por encima de la experimentación científica; la familia merece respeto como fundamento de la sociedad, etc.
En cuanto a la autonomía interna, lo que se examina es lo siguiente: hay la conformación intrínseca de la ciencia y la relación de dependencia del saber científico con respecto a otros saberes de superior alcance, de mayor grado de abstracción o de mayor universalidad; por ejemplo, el saber teológico, metafísico o político. ¿Es que cada ciencia por sí misma debe dar razón de los principios en que se funda y de los métodos que emplea? ¿Debe, más bien, encomendar tan fundamental tarea a una clase superior de saber? Con respecto a esta cuestión se pueden señalar cinco etapas históricas:
1.- Epoca antigua y medieval: se reconoce la diversidad de ciencias con métodos propios y se afirma que corresponde a la metafísica, en cuanto ciencia primera, dar razón de las demás. Además, el cuerpo de los saberes forma unidades sistemáticas.
2.- Epoca de la ciencia clásica: corresponde al siglo XVII, aunque sus inicios vienen de siglos anteriores. Se establece una precisa y definida relación de dependencia de la ciencia con respecto de la Filosofía. Por ejemplo, Galileo y el principio filosófico de la simplicidad o economía; Kepler establece las condiciones de inteligibilidad de una teoría científica; Newton define las nociones filosóficas de espacio absoluto y tiempo absoluto que tienen clara y precisa aplicación mecánica; Leibniz ofrece el cálculo infinitesimal vinculado a una teoría filosófica del infinito; Descartes presenta su árbol de la ciencia, cuyas raíces son la metafísica, su tronco la física y las ramas las ciencias principales. Por ello la época clásica se caracteriza, en su origen, por el establecimiento de una explícita relación de dependencia de la ciencia con respecto a ciertos principios y conceptos cuyo fundamento es de carácter filosófico.
3.- Desarrollo de la ciencia clásica: se caracteriza por la búsqueda metódica de la independencia de la ciencia respecto de la Filosofía, siglo XVIII; Laplace ilustra esta época: se esfuerza por depurar los métodos científicos y por cortar todo vínculo con la Filosofía.
4.- Culminación de la ciencia clásica: en el siglo XIX la anterior búsqueda de independencia de la ciencia se torna en la proclamación del dogma de la independencia de la Ciencia, que se escribirá con mayúscula.
Se le advierte al científico: físico, cuídate de la metafísica. Se vive la soberanía de la ciencia.
5.- La ciencia de hoy: surge lo imprevisto. Habiéndose liberado la ciencia de todo compromiso con la Filosofía, la ciencia de hoy se ve acosada por interrogantes filosóficos que surgen de su propio quehacer. Son algunos científicos de hoy los que se ven obligados a escribir cuestiones de ciencia y de filosofía. La Filosofía –y otras cuestiones– le surgieron por dentro a la ciencia (¿De lo que huyes serás perseguido?).
Sobre todo en el campo de las ciencias físico-químicas han surgido interrogantes sobre los conceptos de causalidad, azar, simetría, complementariedad, etc., cuestiones que deben plantearse y discutirse en el campo filosófico.
Todo lo anterior muestra que la ciencia tiene historia, y que los científicos al pretender proclamar la autonomía de la ciencia, en realidad se movían prejuiciados: su propósito ocultaba el deseo de alcanzar un saber exclusivo de tipo racionalista; es decir, un saber que fuera capaz de agotar el conocimiento de la realidad mediante una única ciencia empírica o deductiva –según los casos–, con lo que de paso pretendían suplantar nada menos que toda religión y toda filosofía. Eso ha sido superado y dejado atrás. Es propósito desmesurado, sin fundamento científico, hijo del prejuicio y, quizá, de la mala voluntad contra el debido respeto a la Filosofía, a la Religión y a la Teología.
* Guillermo Malavassi: Catedrático por cuarenta años de Historia del Pensamiento, ex Ministro de Educación de Costa Rica (1966-1969), ex Diputado (1982-1986), cofundador de la Universidad Autónoma de Centro América (1975-1976), Rector de ella desde su fundación en 1976; autor de varios libros y muchos artículos; comentarista radial del programa PANORAMA desde 1982. Comendador de la Orden Civil "Alfonso El Sabio"; Grand’Ufficiale Dell’Ordine al Merito della Repubblica Italiana; Oficial en la Orden de las Palmas Académicas de la République Francaise; "Galardón Democracia y Libertad" de la Cámara de Comercio de Costa Rica (1990); Académico Honorario de la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas; Doctor Honoris Causa de la Universidad Autónoma de Centro América con la mención de Magnvs Docendi Libertatis Defensor.
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CIENCIA Y RELIGIÓN, EL ETERNO DEBATE.
La ciencia y la religión, ¿son amigas inseparables o irreconciliables enemigas? ¿Puede un tercer elemento, la filosofía, servir de puente entre ambas?
“Había dos vías para llegar a la verdad, y decidí seguir ambas”, declaraba Georges Lemaître, uno de los padres de la cosmología física contemporánea, que era también sacerdote (1). “Nada en mi trabajo, nada de lo que aprendí en mis estudios científicos o religiosos me hizo modificar este punto de vista. No tengo que superar ningún conflicto. La ciencia no quebrantó mi fe y la religión nunca me llevó a interrogarme sobre las conclusiones a las que llegaba por métodos científicos.”
¿Qué interacciones existen entre las ciencias contemporáneas y la teología, entendida como discursos que dan una explicación racional de una tradición religiosa? ¿Están totalmente disociadas o, por el contrario, imbricadas, o sólo son complementarias? Georges Lemaître, partidario del “discordismo”, sostiene que los planteamientos científicos y el enfoque teológico son diametral y herméticamente opuestos; se encuentran tan distantes que no pueden influir uno en otro.
Otros partidarios de este modelo adoptan una postura diferente. Según el “principio NOMA” (Non-Overlapping Magisteria —magisterios no superpuestos) invocado por el paleontólogo estadounidense Stephen Jay Gould (2), las ciencias y las religiones son magisterios que imparten conocimientos, tales que no se invaden unos a otros, pero no por ello se encuentran absolutamente separados. Permiten un diálogo continuo. Gould utiliza la metáfora del agua y el aceite. Esos dos elementos no se mezclan, pero su contacto es íntimo.
Una interacción fructífera
Error, replican los adeptos de un segundo modelo, llamado “concordista”: los datos científicos pueden servir directamente a la teología. Conceptos de los dos ámbitos pueden corresponder –concordar– por pares. Así, entre el Big Bang y la Creación hay una interacción fructífera. Pero este modelo plantea numerosos interrogantes.
La variante del “concordismo” -llamada del “Dios comodín”- cae de lleno en este error. Ejemplo: como los científicos no tienen una teoría de la gravitación cuántica para describir la evolución del universo en los primeros instantes que siguieron al Big Bang, se la atribuye a la creación divina. Ahora bien, Dios no aporta aquí ningún elemento de explicación; pasa a ser una mera causa física inmersa en otras causas físicas. Pero Dios no es una causa de orden físico.
El “discordismo” evita este escollo a la vez que permite un diálogo sereno y respetuoso entre científicos y teólogos, negándose a recurrir a los saberes de uno de estos ámbitos para hacer avanzar al otro. Sin embargo, ¿no existe el riesgo de que la separación sea demasiado tajante, hasta el punto de privar a unos y otros de elementos útiles para su propia reflexión?
De ahí que surja un tercer modelo que, contrariamente al “concordismo”; rechaza toda fusión entre ciencias y teologías pero establece un diálogo indirecto entre ellas, gracias a la mediación que ofrece una tercera disciplina, la filosofía en sentido amplio.
En el punto de partida de este modelo se da por sentado que la ciencia suscita inevitablemente dilemas filosóficos que la superan, como las cuestiones de sentido o de ética.
Por su parte, los filósofos pueden recurrir a las diversas tradiciones religiosas para dar respuestas adecuadas. Éstas sirven al científico no para avanzar en sus investigaciones en sentido estricto, sino para ayudarlo a resolver las preguntas que todo ser humano se plantea. Y, sobre todo, las teologías pueden aprovechar a su vez el trabajo filosófico suscitado y fecundado por las ciencias. Esta trayectoria de las ciencias hacia las teologías es fruto de una labor que ha de reanudarse constantemente en función del progreso de los conocimientos científicos. En una primera etapa, este traslado suscita interrogantes y, en una segunda etapa, brinda respuestas filosóficas confrontadas con las teologías.
¿Causas naturales o intervención divina?
Volvamos al ejemplo del Big Bang. Un científico “concordista” podría afirmar que no es más que la creación del mundo, en sentido teológico. Ahora bien, esa afirmación no sería científicamente legítima: la física sólo se basa en causas naturales mientras que la creación, en sentido teológico, significa una intervención divina no física, sino “meta-física”.
La posición “discordista”, que pretende impedir todo diálogo entre cosmología y teología acerca del mismo Big Bang, no resulta satisfactoria. Pero una reflexión filosófica intermedia sobre el sentido del Big Bang como principio físico del cosmos puede ayudar al teólogo a explicitar y precisar los nexos y las diferencias existentes entre los conceptos de «principio físico», «origen metafísico» y «creación divina», y a precisar mejor el sentido estrictamente teológico de esta última.
La creación en sentido teológico puede significar el surgimiento del mundo en su ser en virtud de una causalidad divina, pero puede significar también una relación mediante la cual Dios sostiene constantemente al universo en su existencia, confiriéndole el ser. Este “surgimiento” no puede concebirse como la iniciación de un proceso situado en el tiempo físico puesto que es justamente el que genera el espacio, el tiempo y la materia. Del mismo modo, no puede mirarse esta “relación creadora” como una causalidad física, puesto que es precisamente la causa de todas las causas físicas.
De este esclarecimiento filosófico podrán emanar nuevas maneras de expresar, en teología, las relaciones entre el tiempo y la eternidad, entre el Mundo y Dios. Como contrapartida, dará también lugar a un mejor conocimiento del alcance y los límites de las ciencias.
Así pues, para unos, ciencias y religiones son amigos inseparables pero profundamente diferentes; para otros, amigos cuyos lazos sólo existen gracias a la intervención de un tercero “en discordia”; para otros aún, amigos que son auténticos mellizos; y, por último, dos individuos a los que no une ninguna amistad, ya que nunca se encuentran.
Relaciones, pues, que van de la fusión a la fisión.
* Dominique Lambert, docteur en sciences physiques et en philosophie de l'Université catholique de Louvain, est chargé de cours de philosophie et d'histoire des sciences aux Facultés universitaires Notre-Dame de la Paix à Namur.
1. Entrevista al New York Times Magazine, 19 de febrero de 1933.
2. Et Dieu dit: “Que Darwin soit”, Seuil 2000, París.
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CIENTIFICOS CREYENTES DE LA ACTUALIDAD
WERNHER VON BRAUM (n. 1912)
Ingeniero e inventor. Dedicado desde temprana edad a la Astronáutica. Alemán, en 1955 toma la ciudadanía americana. Autor del emplazamiento en órbita del primer satélite estadounidense Explorer I. Es llamado "rocket genius", el genio de los cohetes. Trabaja como directivo en la NASA, en los proyectos del cohete Saturno y en el proyecto Apolo (cohete tripulado a la Luna). Posee un profundo sentido religioso:
«Los materialistas del siglo XIX y sus herederos los marxistas del siglo XX nos dicen que el creciente conocimiento científico de la creación permite rebajar la fe en un Creador. Pero toda nueva respuesta ha suscitado nuevas preguntas. Cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza |