El hombre posee una capacidad infinita para fabricar pretextos y excusas para justificar lo injustificable. En realidad para intentar justificarse y mirar hacia otro lado.
Pero acabo de llegar del sur, de África, de aquí al lado. Allí, si uno observa, puede ver cómo son los propios hambrientos, los pobres, los despreciados, los que con su propia vida desmontan el tinglado y colocan las cosas en su sitio. Basta con querer escucharlos, con querer mirarlos y verlos. Basta con dedicarles unos minutos. Basta con no avasallar. Basta con dejar a un lado, por unos minutos, la prepotencia, los razonamientos del que supuestamente todo lo sabe, las cifras llenas de ceros que apenas ya si nos dicen nada. Para eso hay que querer ver. Y yo he visto no ver nada.
Hay que estar ciego, tener virutas en los ojos, agujas en los ojos para no ver la infinita capacidad de lucha que bulle por todos los rincones. Hace falta estar ciego, o querer estarlo, para no ver lo que ocurre, lo que esconde cada escena.
Los coches durmieron en el parking. El parking lo vigiló un niño durante la noche. El niño durmió allí mismo sobre un colchón mugriento en un cuartucho. El niño no tenía agua para lavarse, ni pijama que ponerse. Por la mañana los turistas venían criticando el desayuno, y despertaron al niño, que se desperezó, sonrió y empezó a trabajar. El niño no había desayunado cuando se puso a controlar la salida de los coches, mientras los turistas criticaban la suciedad de su ropa y su pelo despeinado.
El agua potable es para el turista. Los ríos y las fuentes para los pobres. Las lavadoras son un lujo para la mayoría de la humanidad. La lavadora normal en nuestro planeta tiene nombre de niña y de mujer. El detergente es el jabón casero, el agua es la del río. Caminatas por senderos por cuestas interminables cargadas con pilas de ropa para lavar, al río o a la fuente. Horas dobladas lavando, enjuagando, restregando, tendiendo. El agua helada que hiela sus manitas pequeñas hechas para jugar o para ir a la escuela. Rojas del frío, encallecidas de lavar la ropa, de lavar los platos. Escenas que el turista inmortalizará en bonitas fotos. Cooperación para hacer bonitos lavaderos públicos que salgan bien en los informes. Kilómetros andando para llevar a casa unos litros en bidones de colores, con los que lavar, lavarse y cocinar. La electricidad e internet para el turista, para ellos el candil, la vela y el fuego.

Los niños también son cabreros, vaqueros y agricultores.
Los niños que cuidan de sus hermanos apenas empiezan a andar, no van a la escuela, les queda muy lejos. No hay tiempo. No hay carreteras. Las carreteras son para los turistas, para los grandes camiones, y para las grandes constructoras de autopistas. El conductor de la única grúa de la ciudad apenas ha dormido en cuatro noches. Como cobra 20€ por conducir 28 horas, no puede pagar el peaje de la autopista, y llega tarde a su destino, donde los turistas se quejan furibundos y cargados de razones de su falta de puntualidad.
He visto el desprecio en los ojos del norte cuando mira al sur. Desprecia al niño que trae el refresco caliente, sin ver que no hay frigoríficos, sin ver que es un niño que sólo tomará refresco si al turista no le apetece más y deja en la botella un sorbo. Pero lo insulta y le grita. Desprecia al policía que lo multa por exceso de velocidad, desprecia su radar casero, desprecia su traje, desprecia su coche, desprecia su papelito rosa, desprecia incluso su negativa al chantaje.
El hambre no es individual, es colectiva. Si no hay pan no hay para nadie, y si hay es también para los vecinos o para el niño que se acerca buscando comida y al que se le da sin aspavientos, con normalidad. Se comparte tranquilamente, no hay reparos, no hay protestas de los propios niños que van a tocar a menos.
En los talleres y tiendecillas lo común prevalece. Prevalece la herramienta que es de todos, del que la necesita en cada momento, con abrumadora costumbre. Allí donde todo es un problema porque no hay de nada, todo se supera porque el espíritu de solución es tan grande como su falta de herramientas. No hay taladros, no hay llaves, los útiles están rotos y gastados de tanto uso, no hay repuestos. Pero todo se soluciona. El milagro diario.
Los tractores están en los invernaderos. Los invernaderos de cultivos que vienen al norte. Para ellos son el eterno arado romano, la eterna fuerza humana, el músculo. En el norte es el perro el mejor amigo del hombre, allí es el burro. Dichoso el que lo tiene. No tendrá que cargar pesados fardos a sus espaldas. Si no hay burro, está la espalda para el niño y la cabeza para todo lo demás. La técnica se quedó en el norte y sólo cruza la frontera a ratos.
Cocinan con leña porque su petróleo, su gas, su carbón, su energía eléctrica, su uranio, su energía solar están destinadas a otros. Cocinan con leña porque cada día, cada mañana temprano, las figuras de niñas, mujeres y abuelas cargadas como burros con unos hatillos de palos más grandes que ellas mismas, subiendo colinas, atravesando riachuelos, con frío o calor, lloviendo o con vendaval, recorren los rincones de nuestro planeta.
Hace falta estar ciego para no ver cómo de un lecho de río lleno de piedras, mujeres y niños escarban, quitan piedras más grandes que ellos, aran con sus manos, siembran, traen con sus manos el agua, riegan y cultivan donde sólo había pedruscos.
Poblaciones donde no hay basura porque todo se aprovecha, todo se reutiliza: una lata es un milagro, una tarrina de mantequilla rota es un juguete con ruedas, un palo es una sonrisa. La comida no sobra, no se tira, no hay que separarla en diferentes recipientes porque nada se tira. En los inmensos basureros de las grandes urbes miles de personas, como hormigas rebuscan y rebuscan los plásticos, las cajas, lo inservible para que sirva.
Que siempre ha habido pobres lo dicen siempre los que no son pobres. Lo dice el turista mientras le grita que se aparte porque no se ve bien el paisaje. El pobre subía la montaña, la alta montaña, por la vereda, andando, despacio, cansado, cargado. Estorbaba para la foto. He visto mirar a un pobre viendo la foto estupenda, provocar la risa del niño para la foto, deleitarse en ella, y al rato insultarlo, ver un paisaje fabuloso, sin ver nada, sin ver las casas y las vidas que encierran ancladas en la miseria. He visto no ver nada.
El dolor no conmueve, sólo sirve para la foto. El niño que no va a la escuela no conmueve, sólo vale para comentar su sonrisa de mocos con los amigos. La abuela tambaleante que recorre los caminos pedregosos cargada hasta el infinito no duele, sólo estorba, es una figura que impide el paso, que me frena y hace que me detenga cabreado. La abuela ni se inmuta, no puede, apenas puede con su alma (y creo también que lleva la de muchos sin alma que con ella se tropiezan)
El hambre es el mayor crimen contra la humanidad que se haya perpetrado jamás. Es el mayor asesinato en masa de toda la historia. Encubrirlo, falsearlo, disfrazarlo y no querer verlo nos convierte en seres viles y mezquinos.
Decir mil veces que los pobres son pobres porque no se esfuerzan, porque no trabajan, porque sus tierras son míseras, porque siempre los ha habido. Afirmar que son los pobres los principales responsables del cambio climático y de los desastres que ello conlleva. Alegar que el turismo y las grandes inversiones hacen que las cifras macroeconómicas aumenten, y como consecuencia que la región ya está saliendo de la miseria. Eso es lo que pregonan los pregoneros del emperador. Pero es mentira. Ellos, los despreciados, los últimos, nos dicen con sus vidas que es mentira. Sólo hace falta querer ver.
Autor: Ester Moleón-
Fecha: 2010-04-21

